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Atardeceres

Por: Juan M. García Escalada (Psicólogo Social, Sexólogo Social y docente).
“Los científicos dicen que estamos hechos de átomos. Un pajarito me contó que estamos hechos de historias”
E. GALEANO

Se despertaron. Él se acercó a ella y comenzó a acariciarla. Sobre el horizonte este, el sol comenzaba a aparecer y podía observarlo desde su amplia ventana. Lentamente sus manos comenzaron a recorrer suavemente la piel de su compañera. Esa frontera (que no es límite) sino que abre caminos a sensaciones eternas. Que guardan los más disímiles recuerdos de historia de vida vivida, y que la hizo ser ella en este presente. Átomos de subjetividades.
Ella dejó hacer y permitió el recorrido de las yemas de los dedos de él, por todo el  espacio de vida que su cuerpo exhalaba. Que era Todo. Mientras era inundada por breves espasmos, le llegó a su mente lo de  Michel de la Montaigne, “Les rides de l´esprit nous font vieillir que celles du visage1. Y se abandonó en la fusión de recorrer, también, a su compañero. Instintivamente en grácil festejo se dirigieron a la ducha y entre agua y espuma se bañaron mutuamente y fueron presa de las caricias mutuas. El agua, como siempre, los regocijó. En un acompasar  sensual  secaron sus cuerpos, uno al otro.
Con el perfumes de sus pieles, (el verdadero perfume para atraer, pensó ella) retornaron a la cama y abrazados, en silencio y en la placidez de las caricias orgásmicas se  durmieron.
Transcurrieron un tiempo sin tiempo, y en el despertar, se miraron y en esa mirada se dijeron, ¿lo hacemos? No había impedimento, no había la potencia de los jóvenes años pero, sabio el sexo, el pene de él (y lo sabía) se adapta fisiológicamente a la vagina de ella. Uno dejó hacer al otro y se penetraron con el deseo y el placer que tenían en sus años jóvenes, sin alardes juveniles sino con la experiencia de la vida transitada y que los había llevado a vivir ya pasados los 60 años.
Se animaron a abandonar viejos estigmas de conductas y no se permitieron morir. Sí cambiar. Entendieron que no debían permitir que la sociedad actual, de consumo y engaños en general, los envileciera con mensajes de falsas y eternas juventudes y  sus edades actuales comprendieron que “Las arrugas del espíritu nos hacen más viejos, que los de la cara1.
“Hacer” el amor. ¿De cuántos modos?  Modos particulares de sentirlo y vivirlo sin violentar el deseo del otro/a. Respetando los límites del sentir y expresar las emociones de cada uno, aún en la profunda intimidad. En un tiempo, como dice el filósofo francés Eric Sadin en el cuál “la propagación de un anti-humanismo de la mano del tecno-liberalismo busca menoscabar o destruir lo real por términos binarios” y desdibujando a los seres humanos.
Saben que seguirán sumando años a sus vidas. Y los deseos no se compiten con nada, ni con nadie, sino se los vivencia de acuerdo a las edades. Es el camino seguro para ahuyentar de nuestra cultura occidental la incapacidad para aceptar la muerte como parte natural de la vida. Lo vemos en las manifestaciones actuales negando la pandemia: En el fondo subyace el miedo a la muerte. Y la eterna juventud, la eterna vida cotidiana está escondida en el único lugar al que nadie quiere viajar: Nuestro interior.
No es belleza gratuita. Son muchos atardeceres y… ¿Es que no hay “atardeceres” que miramos embelesados por su belleza?
Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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