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Walt, el libre

Por: Juan M. García Escalada (Psicólogo Social y docente).

Recorro Leaves of Grass, único poemario de Walt Whitman (1819-1892), y me detengo en Song of Myself.
Cierto es lo que escribe-dice, León Felipe: El poeta estadounidense (“No tiene biografía”).  La de él está expresada en su obra, que la fue enriqueciendo a medida que transcurría su vida. Y en especial en Canto a mi mismo.
Mi  lengua y cada molécula de mi sangre nacieron / aquí, de esta tierra y de estos vientos. Me engendraron padres que nacieron aquí / de padres que engendraron otros padres…
Whitman es parte importantísima de la lírica inglesa y uno de los exponentes del romanticismo. Hijo de padre carpintero que apenas cursó la escuela primaria y con comienzos laborales a partir de los once años. Como si la  proyección de Jesucristo (cuyo padre, José, fue carpintero) se hiciera eco en  en el interior del cuerpo del bate de América, con su amor a la vida y al prójimo.
No culpaba a nadie y cantaba desde el inicio de su destino a ese Dios (sin religiones) que los humanos llevamos en nuestro interior: “Me celebro y me canto a mí mismo/ y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti/ porque lo que yo tengo lo tienes tú/ y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”.
Recibido sin comprensión sus Hojas de Hierba. Esa falta de aceptación a lo que renueva estructuras (válidas en todos los casos cuando sucede). Como el editor del “Long –Island Democrat”, contándole a su mujer que despidió a ese holgazán que prefiere vagar por los campos y ella le contesta: “¡Nos hemos librado ya de él!”. Pero su esposo recapitula y dice: “Sí, era un haragán, pero, Dios mío, ¡qué magnifico haragán!”.
Y Whitman sigue: “He oído a unos juglares que hablaban del comienzo y del fin/Pero yo no hablo del comienzo y del fin/ Nunca ha habido otro comienzo que éste de ahora/ni más juventud que ésta/ ni más vejez que ésta/ y nunca habrá más perfección que la que tenemos/ni más cielo/ni más infierno que éste de ahora”.
Es tiempo de pensarnos así en esta pandemia. Que desboca bocas por doquier, y que son miedos al presente, que no nos han enseñado a vivirlo.
Cuando después de su primera publicación de Hojas de Hierba las injurias, el escándalo puritano agredía y arreciaban, recibió sin pensar, una carta. Era de Ralph W. Emerson, el respetado genio del país, que terminaba la misiva así: “¡Os saludo al comienzo de una gran carrera!”.
No sólo era poesía escrita, sino lírica de emotividad, de expresiones desbordantes porque hablaba sin preámbulos, ni academicismos, con exquisitez, y contenían música sus versos. Todo eso pasaba inadvertido. Pero hallar un motivo siempre se logra y, en este caso, negativo: un supuesto elogio a la homosexualidad.
Escribió con alegría vital, sensualidad, libertad y a la democracia. A un país de sueños, que despertara y dejara atrás la cultura puritanista.
Fue poeta de una sola obra como lo fue el francés Charles Baudelaire con sus Flores del Mal.  Whitman ejerció influencia en la escritura universal y mucho lo consideran el padre de la poesía de canto libre, tal como lo reconocía el poeta chileno Pablo Neruda.
Su escritura es amor a la humanidad. En este tiempo inaudito y provocador Whitman nos dice para que empecemos a pensarnos: “Todo está en mí/ No sé lo que es, pero sé que está en mí…” Y entonces ¿qué hacer? Sentir y saber que: “El pasado y el presente se marchitan/Yo los he llenado y los he vaciado a los dos/y prosigo llenando lo que me espera en el futuro”.
Y si de palabras sencillas he mencionado, un graffiti en un paredón de la ciudad cosmopolita se lee: “No lloren, CrezcanCarlos Gardel.
Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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