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Perry Mason

Por: Juan M. García Escalada (Psicólogo Social, Sexólogo Social y docente).

Jesús María, inicios de los años ‘60.  

Grattez l´adulte et vous trouverez l´enfant (1).

Mi padre decidió comprar un televisor. Los primeros en la ciudad. Recuerdo aún la marca de aquel aparato (Shelby) que nos acompañó  a mi familia,  y a los/as chicos/as del barrio a acercarnos a la pantalla de imágenes en blanco y negro y con lluvia granulosa.
En esas imágenes tan paganas para nosotros y tan misteriosas que llegaban por el aire (la antena que se había colocado era de unos 15 metros de altura). Y, de ese modo, desde las seis de la tarde (en un principio) hacia la medianoche, los “espectros” en blanco y negro revoloteaban ante nuestros ojos que comenzaban a mirar al mundo desde otro lado.
El imperio yanqui (tomado de un término holandés que sería “juan queso”) tomaba fuerza y liderazgo en el mundo después de la 2° guerra mundial y no hay mejor manera de conquistar pueblos débiles si no es interviniendo en su cultura, como cuña inicial. La radio primero, la televisión después, iniciaría el camino de las redes sociales actuales. Las series televisivas jugaron un papel importante en ese entramado cultural en nuestro país (Modelos de pensamientos que se proyectan hasta la actualidad).
Soy de la generación de baby  boomers. Los nacidos después de la segunda guerra mundial. La que llevará al movimiento juvenil mundial, en la década del ‘60, a mostrar a la juventud desde otra perspectiva histórica en las sociedades, con su  irrupción.
Y un día, cada semana, junto a mi abuela materna, no nos perdíamos “Una” de Perry Mason por el Canal 12 (cuando era de Córdoba). Aquel abogado presencial, en cuerpo imponente, pulcro e impecable  haciendo justicia nos enganchaba porque hacía Justicia, pero sin mostrar las causas estructurales de los delitos, que no se circunscriben sólo a lo personal.
Era, sin duda, un modelo que se transmitía al mundo desde el imperio (como todos los imperios de turno) puesto que después de una guerra atroz que había finalizado con dos bombas atómicas en Japón, que mató al instante miles de personas y dejó muerte detrás, el ciudadano quería algo de Justicia a su alrededor. Y como país-potencia que anunciaba libertad y un modo de vida americano (american way of life) vendía al orbe sus espejos de colores.
Por eso, proliferaron los partidos comunistas en el mundo. Se deseaba superar ese horror y se veía en la Unión Soviética un sueño, un anhelo. En nuestro país en la mitad de la década del ‘70, el P.C. Argentino contaba con 100 mil afiliados, pavada de cantidad.
El fin del sueño vendría después junto con la diáspora y se demostraba que todo del estado no es bueno, ni todo del mercado es óptimo. Todavía se sigue buscando cuál es el equilibrio, pero no se quiere aceptar que está dentro de los seres humanos y ése es el pánico mayor: Se prefiere morir a cambiar.
La serie televisiva había comenzado en 1957, llegó unos años después y se extendió hasta 1966. Y así Perry Mason -interpretado por Raymond Burr- acompañado de su fiel secretaria Della Street (Bárbara Hale) fue parte de mi historia lejana en la infancia y primera adolescencia.
Y los años transcurrieron como decía Shakespeare: “… en el escenario de la vida”, y un día por “azares”  y replanteos existenciales aparece el nuevo Perry Mason. Mi respuesta fue: No me lo pierdo. ¡Curiosidad!  Allí es: “Rascad al adulto y encontraréis al niño” (1)
Éste, un Perry Masón (Matthew Rhys) Antítesis. Al igual que su secretaria Della Street (Juliet Rylance) y su detective particular, Paul Drake, (Chris Chalk) negro y por supuesto detestado por la sociedad blanca norteamericana (en la versión inicial el Drake era rubio y blanco). Época, la depresión económica. La corrupción institucional en lo policial y en la justicia. Y un hombre deshecho después de llevar consigo las miserias de la primera guerra mundial. No es abogado. No es  aseado en su persona, lucha por  sobrevivir día a día, padre ausente, sexo distante, sin sentirlo, ni vivenciarlo. Casi un despojo personal. Pero tiene un grado de conciencia mínima, pero cierta, en cuanto a ser digno en esas miserias humanas y sociales. (¿Intuirá que el capitalismo se desarrolla negando los sentimientos, puesto que en una sociedad de mercado el otro es un enemigo?). Y allí va,… cuando su futura secretaria Della Street, en un “giro mágico” lo hace rendir para actuar en tribunales… ¿Y habrá otra temporada?
Me gustó mucho. En su trama argumental, (aún, una recreación) vemos que hay cosas (en lo social) que cambian para no cambiar. Y en lo referente a las características de producción: Impecable vestuario, excelentes actuaciones, representaciones realistas de espacios escenográficos.
La televisión como un cine en miniatura. Pero… ¡¡¡Ahhhh!!!  El cine-cine, lo extraño. Ver en esas pantallas en modo comunitario, recreas los instantes y las vivencias de otro modo.
Y bien… Aquí estamos con la pandemia. Pero claro, no tiene culpa la cuarentena. Porque más allá  de las lógicas diatribas del vivir cotidiano, con su correspondiente falta de sustento en lo económico; no confundamos nuestras “miserias” para ponerlas en los demás y andar imprecando.  Seamos adultos.

Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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