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Sandwich criollo

Por: Juan M. García Escalada (Psicólogo Social y docente).

¡C’est bon!

He comprado, en principio y en apariencia, unos exquisitos chorizos. ¿Hay algo más sabroso que degustar un sándwich? Tan universal esta palabra que, de quién viene…, no se hubiera imaginado quedar en la posteridad.
Resulta que un tal John Montagu, el Conde de Sándwich, de quién se decía que era hombre  de carácter colérico y atrabiliario, (de buen estómago y vino), le atraía pasar horas jugando a las cartas. Y como no quería abandonar por nada la mesa del juego (se dice que estuvo 24 horas seguidas) traía consigo las rebanadas de pan, con unas tajadas de carne e iba comiendo mientras apostaba.
Esta raíz de sándwich viene de lejanías, por ejemplo, Sand “psammos ou” (Arenas del desierto) en escritos del caminante (primer freelance) griego Heródoto de Halicarnaso.
 Como hablar de historia  viene bien para conocer, ese sándwich se denominó “pan con chorizo” cuando en la argentina se intercaló entre los panes, un chorizo. De allí al Choripan, tiene un lindo camino para recorrer.
Como cada época tiene sus nuevos giros expresivos, ese nombre fue mutando al de “chorizo en sándwich a la criolla”.  Y como casi todo se origina en los arrabales, (el tango por ejemplo) cuando fue llegando al centro de la ciudad el pedido se hacía como “chorizo al pan”, opcional chimichurri. ¡Qué tal!
Como escribe Daniel Balmaceda, en sus historias de nuestra historia - podría decirse cotidianas que son las más au- ténticas- el recorrido portuario del chorizo recaló en la Córdoba de antaño (ese antaño contradictorio en su cultura que no ha dejado de serlo en muchos aspectos) y se transformó en el famoso choripan para todo el mundo. Su cuna de nombre y disfrute.
A fines de los años ‘50 de la centuria pasada (pareciera aún más lejano) los fines de semana la gente de  Córdoba paseaba por el Parque  Sarmiento, un lugar geográfico-histórico, clásico de la ciudad capital. Allí comenzaron a instalarse los “carritos”. Vender chorizos artesanales a los estudiantes y luego a las parejas y familias, se transformó en el paseo de fin de semana. Otras épocas, donde el gusto entraba por la boca y no por los ojos como se transformó la sociedad de consumo.
Clásico entonces: Un Choripán con una Bidú Cola o Naranja Crush (las gaseosas del momento). La Coca-Cola recién comenzaba a ingresar, junto a la naranja Fanta, después de la Segunda Guerra Mundial, don-de el producto Coca Cola, se extendería universalmente.
Las familias los degustaban en sus casas alrededor de la mesa familiar, y acompañando al choripán con un toque de mayonesa y un buen tinto o una sangría para adultos. Los menores miraban el vino, nada más. Lo lógico.
Daniel Balmaceda cuenta la siguiente anécdota: 1959.  Fidel Castro está de visita en el país. En un hotel de Recoleta. La agenda es nutrida junto al presidente A. Frondizi. No hay tiempo para un almuerzo. El ministro de Relaciones Exteriores, muy puntilloso él, tiene una idea. Cerca de allí están los carritos de la Costanera. Fidel Castro tiene hambre. Hacia allí van. Entonces: Choripanes. Castro quedó encantadísimo. Rápido, frugal y exquisito. Hasta aquí la historia.
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Mi turno. Sobre la parrilla están a punto  los chorizos tentadores. A la manera antigua, sólo pan y chorizo y una copa de  Malbec o Cabernet Souvignon.
Les aclaro que a pesar de ser una parrilla eléctrica los chorizos salieron exquisitos.
¡Cést bon Choripan!
Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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