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Desafíos cooperativos del COVID-19

Por: Prof. Dr. Roberto Bertossi (Experto CoNEAU Cooperativas y Mutuales)

Después de semejante pandemia mundial, nada será lo mismo.  La revalorización de la vida y el temor a la muerte, súbita y recelosamente recobraron toda su real dimensión, connotaciones e intensidad.
También, claro, el valor de la salud, de la familia, de los amigos, del vecino, de la empatía, del servicio y arrojo de tantos magnánimos servidores voluntarios en nuestra sociedad civil mundial, todo lo cual sumará y multiplicará la obvia necesidad de humanizar salud, educación, nutrición, economía, trabajo, tecnología, transporte y comunicaciones como toda otra relación gregaria y ello con clara corresponsabilidad global cooperativa.   
Cuando la segunda guerra mundial, los países instrumentaron la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como modo y como medio cooperativo de articular y satisfacer necesidades, centralmente para conservar la paz y desterrar la guerra, descartando entonces previsiones ambientales y epidemiológicas por, presuntamente, innecesarias.   
El tiempo nos fue “haciendo sentir” dentro de Naciones Unidas, no solamente el rigor del abuso de poder traducido en el derecho de veto impuesto por los cinco países más poderosos de la tierra (precisamente en uno de ellos, (China) ¿germinó? y se disparó esta tremenda pandemia global); sino su ineficacia e ineficiencia práctica, universal e igualitaria; al menos considerando su espíritu, letra fundacional y más propia razón de ser y permanecer.     
Todo ello hoy nos exige un nuevo orden mundial con nuevos liderazgos (hoy por hoy se perfilaría Alemania) para que, mancomunadamente, podamos lograr con apropiada tensegridad y máxima resiliencia posible, un nuevo contrato social común entre todos los pueblos del orbe, pero ahora a partir de la persona, de la familia, de la cooperación y de la solidaridad; madurando fundacional y digitalmente la “unión cooperativa productor/consumidor” y  “prestador/usuario” sin apabullantes intermediarios ni lucros insaciables (vg., barbijos, alcohol en gel, alimentos, medicamentos, etc.),  desde un respeto mutuo, simétrico en pos de una cultura del encuentro y de la satisfacción.

Hacia un nuevo orden

Un nuevo orden mundial depende de que “las decisiones que tomemos tendrán un impacto durante años y décadas, reconfigurando el planeta. Estamos reescribiendo las reglas de juego no solo para lo político y económico porque, todo está en juego, ahora. Lo que decidamos en uno o dos meses, transformará el mundo durante años o incluso décadas” (Yuval Harari).
Ante el desafío digital sistémico, omnipresente y desigual que viene cambiándolo todo, brotarán nuevas relaciones sociales, sanitarias, educativas, laborales (teletrabajos), culturales y hasta religiosas, como se verifican por estos días.
En efecto, ante un obligado uso profuso de “las redes” vg.,  no solo se trabaja, se enseña, se aprende, se hace periodismo o como en casi todas las profesiones se atiende médica y psicológicamente desde casa, sino que también se puede verificar una curiosa, relevante e inédita manifestación cultual: la práctica digital masiva de ´diversas liturgias´ desde el domicilio personal de cada creyente, feligrés, adherente o simpatizante; algo que para los católicos ya advirtió y desautorizó el propio papa Francisco con su sagacidad característica, en tanto y en cuanto lo digital se opone a  comunión, comunidad y sacramentalidades tangibles, físicamente coparticipadas.
Indubitablemente y como nunca, el COVID-19´ nos aisló e incomunicó personal y familiarmente (nadie sabe por cuánto tiempo, pero si sabemos que toda paciencia tiene su límite). De tal manera, por estos días nuestra sociabilidad humana debe subordinarse a la conexión vía WiFi e Internet, entre confinamiento y confinamiento, no más.

Un mundo más solidario

Lidiar con las consecuencias de la pandemia del coronavirus, no podrá prescindir de solidaridad, cooperación, fraternidad y confianza reciprocas en los sistemas de producción y distribución de bienes y servicios, lo cual implicará su reconversión, reconfiguración y resignificación; todo ello sin perjuicio de viejas y nuevas “tentaciones” autoritarias, nacionalistas, xenófobas o totalitarias nefastas.
A propósito, el papa Francisco aseguró que esta crisis es “un peligro, pero también una oportunidad” en la que él vislumbra los “signos iniciales de conversión a una economía menos líquida, más humana” agregando: “Y es la oportunidad de salir del peligro. Hoy creo que tenemos que desacelerar un determinado ritmo de consumo y de producción y aprender a comprender y a contemplar la naturaleza”,
Este compromiso ecológico integral, mancomunado y solidario, debe de asignar un rol vital al  “cuidado  de la casa común”;  democratizando y humanizando sin ambages, ciencia, tecnología y finanzas para que cooperen con el nuevo orden mundial, sin prevalecer sobre el bien común ni el bienestar general global.   
Como acaba de sostener el papa Francisco, no se debe convivir con quienes desde la cultura del descarte, en esta época de pandemia, hacen vil comercio con los necesitados, sí, esos que "Se aprovechan de las necesidades de los demás y los venden: los mafiosos, los usureros y muchos otros” 
Claramente el valor cooperación y solidaridad como levadura de comunidad, se validará como decisivo para la cohesión y supervivencia de los pueblos.
Finalmente, cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer, ante esta luctuosa realidad de realidades globales, resulta reconfortante y clarividente que autores de la talla de  Yuval Harari o Manuel Trajtenberg coincidan en cuanto que deberemos tomar una decisión solidaria también global: ¿iremos entonces por la senda de la desunión o tomaremos el camino de la solidaridad mundial para gestionar bienes comunes como la salud o la economía, puesto que, elegir la desunión no sólo prolongará la crisis, sino que probablemente dará lugar a catástrofes aún peores en el futuro? Elegir una activa solidaridad mundial no sólo será una victoria contra el coronavirus, sino también contra todas las futuras crisis y epidemias que pudieren asolar la humanidad en el siglo XXI (ojalá ya más fraterna y cooperativa).

Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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