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Un año sin Wanda Navarro


  •  El 23 de agosto se cumplirá el primer aniversario de su muerte. 
  • Su familia transita la lucha por Justicia con expectativas y reservas.
  • El nexo con otra mamá que también perdió a una hija por la violencia machista 

Por: Marianela Tabbia (De nuestra redacción)

Sentada en la mesa de su cocina, mate de por medio, espera Stella. Espera una entrevista periodística, pero también respuestas. En la vereda del frente, juega su hijo menor con su nieta de apenas un año a quienes no quita de su ángulo de visión. Cada tanto, ellos le dibujan una tímida sonrisa.
Stella Tévez es la mamá de Wanda, la adolescente que perdió la vida -según determinó la Justicia- en manos de tres hombres mayores de edad, hoy detenidos en la prisión de Bouwer, mientras se sigue investigando el crimen. 
Wanda partió de su casa a la escuela el 23 de agosto de 2018, pero nunca llegó. Pasaron las horas y la desesperación empezó a invadir a la familia, el entorno y a cada persona que la conoció. 
Dos días después, encontraron su cuerpo en un descampado y allí nació un centenar de interrogantes y de heridas. 
La charla tiene lugar con tono pausado y, muchas veces, entrecortado. Una fotografía de Wanda ocupa un lugar destacado de la habitación como recuerdo vivo de su paso por esta tierra. La emoción, en más de una ocasión, supera las palabras.
“Lo que pasó, no lo entiendo. No sé qué pasó. Por eso, le dije al fiscal: ‘quiero que me digas la verdad’. Que llegue hasta lo último y acá estamos, esperando, viviendo el día a día porque cada día es uno nuevo y tengo que decir ‘me levanto’ porque hay veces que no tengo ni ganas”, cuenta la mamá.

Nuevas batallas 

Las visitas a Tribunales se volvieron una rutina en la vida de Stella. Con el tiempo, fueron disminuyendo ya que la información que obtenía de allí era escasa debido al estricto secreto de sumario. 
Todo lo que pueda ayudar a dilucidar qué ocurrió aquella mañana de agosto, vale. Por eso, recientemente entregó los cuadernos de la escuela al fiscal  Guillermo Monti para ver si se puede rescatar alguna pista más de lo que escribió la joven. 
“No tengo nada que esconder. Sé lo que tenía en casa. Sabía cómo era Wanda. Si ella tenía un pedazo de pan y alguien venía y se lo pedía, ella se lo daba porque era de ese corazón. Tenía un corazón muy lindo”, dice, franca, Stella y destaca: “Esto es un dolor que no se lo deseo a nadie. Perder un hijo te parte en dos y no sabés cómo seguir. Por ahí respirás profundo, te dormís llorando y te levantas al otro día llorando. Es muy difícil esto que nos ha pasado. Te juro que nunca me imaginé llevar flores a un cementerio a mi hija”. 

El camino como familia

Federico, Karen y Alexis son los hermanos de Wanda que, de distintas maneras, vienen transitando este doloroso camino. El más pequeño de la familia fue quien más exteriorizó todas sus emociones en la escuela por lo que debió contar con el apoyo de una psicóloga y de las docentes de la institución. 
“Federico y yo fuimos al psicólogo. Yo iba al Polo de la Mujer y dejé porque se vino todo un proceso para él que le hizo retroceder en la escuela. Decía la seño que estaba muy tranquilo y de repente quebraba los lápices. No escribía nada, no hacía nada en la escuela, solo volaba. Lo quisieron sacar de la escuela porque decía que él pegaba, que peleaba mucho. Entonces, los demás padres quisieron sacarlo. Le agradezco a la “seño” y la directora de la Escuela Morandini que no lo permitieron”, explica la mujer. 
Estar unidos es la mayor fuen-te de energía para la familia cuando resulta agobiante continuar. Como bien destaca la madre: “Con el apoyo de uno y otro, nosotros seguimos juntos porque no queda otra. Hay que luchar como les digo, luchar para que se haga Justicia por ella. Se tiene que hacer Justicia. “Todavía creo en la Justicia” le dije al fiscal y él me prometió que iba a haber Justicia. Le dije ‘confío en la justicia pero haga que confíe y no que desconfíe’”.
El duelo sigue, es largo, los atraviesa, pero también enseña como reflexiona Stella: “Los momentos de nuestros hijos no vuelven, siempre hay que vivirlos. Ver al “peque” llorar por su hermana, es muy doloroso. Por eso, acompañarlo y seguir. Vivan más con sus hijos y disfrútenlos porque, por ahí, el trabajo nos aisla mucho de nuestros hijos”.

Cómo salir a flote

Stella cuenta que siempre estuvo agradecida con sus compañeras y las religiosas del Hogar Juan XXIII, lugar donde trabaja. Desde el primer momento en que se enteraron de la desaparición de Wanda, estuvieron presentes. También, los miembros de la Renovación Carismática donde asistía regularmente. 
“Me ayudó mucho el trabajo. A partir de este año, empecé a trabajar ocho horas. Salí más de casa porque antes trabajaba cuatro horas y estaba todo el tiempo acá. Era para volverme loca. Pasó lo de mi hija y dejé todo. No salí más. Iba del trabajo a casa y nada más”, explica sobre su presente. 

Refugiarse en Dios 

Antes del trágico episodio, Stella acudía a misa y a las distintas actividades de la iglesia. Tras la muerte de Wanda, la fe se puso a prueba: o aferrarse o dejarla. Pero eligió lo primero. “Si no hubiera creído en Dios, no estaría acá. No me enojé con Dios -continúa- pero sí le dije ¿por qué mi hija y de esa forma? Es la única pregunta que siempre le hago. El coordinador de la Renovación me pide que dé vuelta la pregunta. En lugar de decir ¿por qué mi hija?, que me pregunte ¿para qué? A lo mejor Dios quería un ángel y se la llevó. Que me pregunte ¿para qué sirvió llevarla a ella?”.  
Emocionada aclara que todavía está en el proceso de invertir los interrogantes y destaca las palabras que pronunció el sacerdote durante la ceremonia en el cementerio. “Él dijo que Dios me la había prestado solamente por 15 años y ella sembró en 15 años lo que una persona no siembra en 70 u 80 años. Ella hizo mucho”, rememora. 
De cara al próximo aniversario de la muerte de Wanda, finaliza la entrevista con un enfático pedido: “Lo único que quiero es que se sepa la verdad y si hay personas que, como dice el fiscal, están en silencio y no quieren hablar, que hablen. Que hablen es lo que pido y Justicia para ella, para que su alma descanse en paz. Y para cerrar un poquito, calmar un poquito mi dolor aunque sé que nunca va a terminar. Siempre va a estar. A mi alma siempre le va a faltar un pedazo. Esto nunca se supera, se aprende a vivir con este dolor”.   
“Lo que sí me dijo el fiscal es que hay mucha gente que sabe y calla, que está en silencio. Nadie quiere hablar, nadie se arrima a hablar. Entonces, estamos diciendo que estamos cubriendo a unos asesinos. Por ahí, con el tiempo puede llegar a haber otra Wanda más y eso es lo que yo no quiero”, cierra. 

Unidas por el mismo dolor

En aquellos días, luego del duro golpe, sonó el teléfono de la familia Tévez-Navarro. Era Claudia Bazán, mamá de María José Urbaneja. Su hija de 23 años, oriunda de Villa del Totoral, fue asesinada luego de recibir treinta y dos puñaladas de la mano de su expareja en 2012. 
En la charla, le dijo que iba a comunicarse con un reconocido abogado penalista de Córdoba para que los asesore en el proceso judicial que se avecinaba. Posteriormente, Carlos Nayi estableció contacto y se convirtió en representante legal ad honórem. 
Un gesto desinteresado de una madre a otra les permitió avanzar en el laberinto de burocracias y tiempos judiciales, desconocidos para la mayoría de nosotros. 
“En ese momento yo no me dí cuenta de quién era, después sí, al tiempo. Uno en el dolor no se da cuenta. Dije pasó casi por lo mismo y perdió su hija también en una circunstancia fea”, narró.
Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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