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¡Cuánta corrección política!

El riesgo de ponerse en contra de los “menos” favorecidos es resultar clasista, poco empático, y hasta cómplice del poder de turno. Pero vale la pena salirse del molde.

Este editor pertenece a un gremio que en término de conquistas salariales del último trienio es un absoluto fracaso. Nuestras remuneraciones están dos inflaciones atrasadas y el poder adquisitivo de nuestro salario es una lágrima.
Claro, nuestro sindicato tiene que ir a librar una batalla en el sector privado, frente a una empresa poderosa, y con recursos para aguantar un embate judicial, si hiciese falta.
En términos de conquista, los trabajadores de la prensa tienen un atraso inimaginable. Con la masa salarial que perciben muchos colegas, se ubican bastante por debajo de la línea de la pobreza.
Formulo estas aclaraciones porque la crítica tiene relación con la desproporción que existe con el sindicalismo que defiende a los trabajadores en el sector público.
Como existe la “inamovilidad” del empleado público, el Estado queda de rehén de personas que ingresan, mayoritariamente, por favor político, acomodo, deuda de campaña.
El problema es que muchas de esas personas no tienen las aptitudes requeridas para brindar una prestación eficiente y contribuir a que los servicios que ofrece el Estado sean satisfactorios.
Y el sindicato, por su parte,  defiende a alguien que no puede ser echado, salvo causa grave o minuciosa investigación administrativa.
Muchos de esos trabajadores tienen remuneraciones magras, cierto es, pero muchos de ellos no durarían ni un segundo en el sector privado porque no están calificados.
Enojarse con ellos resulta, paradójicamente, de una incorrección política enorme. Pero al ciudadano común, dueño de todas las cajas del Estado, le molesta la desproporción de los reclamos, que la ciudad se paralice ante sus caprichos, y que tengan la “vaca” atada, sin grandes merecimientos para ello.
Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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