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Otro adiós a un presidente...

La historia dirá qué lugar le reserva a Fernando de la Rúa, quien encarnó una de las expectativas más grandes y generó una colosal desilusión con su retiro anticipado.

Le decían “Chupete” porque había llegado a la política muy jovencito. Y hasta que se fue aquel 20 de diciembre de 2001 había ganado cada una de las elecciones a las que se había presentado. Fue diputado, senador y el primer jefe de gobierno de la ciudad autónoma de Buenos Aires.
Había sido un alumno ejemplar y -desde que era pequeño- sus compañeros aseguraban que algún día iba a ser presidente. Fue brillante también en la universidad y tuvo su título antes que el resto.
Tras una década de menemismo, uno de los gobiernos más corruptos que se recuerden, De la rúa era sinónimo de honestidad y rectitud. Quién mejor que él para salir de aquella gestión escandalosa y cuestionada por su volatilidad moral.
Y así fueron a las urnas los argentinos en 1999 y le dieron mayoritariamente el voto de confianza que necesitaba. A poco de gobernar perdió a sus aliados políticos, con el vice Chacho Álvarez a la cabeza.
Tiempo después lo traicionaron sus propios correligionarios, fracasaron sus ministros de economía, y tuvo que echar mano a Domingo Felipe Cavallo, el mentor de la convertibilidad que nos hizo suponer que nuestra moneda podía ponerse parda con el dólar. Algún día tendremos que hacer un mea culpa por lo crédulos que hemos sido los argentinos.
Y el ajuste, la falta de circulante en las calles, y uno que otro agitador opositor sacó a la gente a la calle a saquear supermercados. Y la clase media salió a cacerolazos limpios a pedir por sus ahorros retenidos en el corralito.
Si de meritocracia hablamos, nadie hizo más mérito para ser presidente que Fernando de la Rúa, pero sucumbió también a su propia incapacidad para leer el descontento popular.



Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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