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No exageren, muchachos

En vísperas de las PASO, los políticos decidieron abandonar sus madrigueras y salir a recorrer distritos. Y no disimulan ni un poquito la necesidad de captar votos.

El presidente, el gobernador, el diputado, el ministro, el secretario, el subsecretario, el director, el subdirector arremeten con furia durante este último tiempo cuando solamente resta la elección más importante, la que definirá al próximo mandamás nacional.
Y más allá de las operetas y de los operadores, de los que manejan la botonera y de los que, puros de corazón, salen a militar por la sola conciencia cívica, se percibe cierta exageración.
Los que nunca daban entrevistas, ahora hablan; los serios, sonríen; los oficinistas, salen a la calle; los intolerantes, escuchan; y los falsos, disimulan. La campaña electoral es de cartón pintado, ¡con vivos colores eso sí!.
Los candidatos ya no le hablan a la razón, no le proponen al intelecto nada de esfuerzo. Todo se resume a un sentimentalismo infantil. ¿Estás mejor ahora que antes? ¿Querés volver a sentir lo que sentías? ¿Te sentís orgulloso de lo que hicimos juntos?
Porque el sentimiento es mentiroso, se acuerda de lo que quiere y lo dibuja como lo necesita recordar. Está claro que en tiempos de posverdad será verdad lo que sintamos que lo es.
Ni la palabra autorizada, ni la evidencia científica, ni la objetividad comprobada harán nada frente a un creyente ciego, sordo y mudo, pero convencido de que lo que siente es “verdadero”.
Por lo tanto, nadie necesita prometerte concreciones, ni explicarte cómo conseguirá eso que promete. Basta con que logre ponerte de su lado y en contra de los otros.
Y en medio de tanta euforia, suelen olvidar que al ciudadano de a pie poco le importa esa simulación. No logran sanar tampoco el descrédito en el que la clase política cayó. Ni hace falta exageración alguna porque la desesperación los delata.
Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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