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Elogio de la independencia

En un mundo hiperconectado, donde la tecnología derribó fronteras y democratizó los accesos, conviene pensar hondamente sobre el sentido de ser independientes.

Decirle al mundo que somos libres, pero que queremos ser tenidos en cuenta en esa gran aldea universal. Que queremos ser parte de los intercambios, ofrecer nuestros productos y recibir los de otras naciones.
Aunque narrada en tiempo presente, ésa fue la proclama de julio de 1816 y el mundo, desde el descubrimiento de América,  ya se había enfrascado en esto que recién en el siglo XX se le puso nombre: globalización.
La tecnología aceleró vertiginosamente el proceso que no fue una casualidad sino el resultado de una causalidad. Y desde que estamos “globalizados” hay menos fronteras entre naciones.
Internet democratizó los accesos y el conocimiento, las redes sociales eliminaron las barreras físicas y, hoy, es posible estar conectados en forma instantánea con casi cualquier persona y lugar en el mundo.
Los traductores también vienen derribando las barreras del idioma al punto tal de que en un futuro no muy lejano no será necesario aprender tantos idiomas para recorrer el mundo.
La globalización obligó a la mayoría de las naciones a entender que hay empresas transnacionales que tienen mayor presupuesto y hasta poder que ellas. Y en la virtualidad cotidiana, pareciera que las nuevas monedas tampoco serán físicas ni necesarias ni habrá que intermediarlas con entidades bancarias.
En ese contexto, convendrá pensar concienzudamente respecto de cuál es el valor de ser un país independiente. ¿De qué, de quiénes, y cómo?
Que declararse independiente no sea sólo repetir como loro el mérito de una serie de próceres que renunciaron al bien individual en pos de un objetivo nacional. O tal vez sí sea eso: postergar el bienestar individual en beneficio de una comunidad nacional, ese desafío pendiente.
Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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