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Mi viejo no está (ni estará) en las redes sociales

Pensamientos sueltos sobre la tecnología y su relación (o falta de ella) con la tercera edad.

Al editor de este semanario, distante a 50 kilómetros de distancia de su padre, no le queda otra que mantener con él una relación analógica, nada tecnificada, sin intervención de aparato alguno.
Bueno, tal vez la excepción sea con el teléfono común, el fijo, ése que fue inventado a fines del siglo XIX. Pero eso es lo más cerca de la tecnología que estará, además de la bancarización electrónica a la que le obligó el Estado con su jubilación.
A las redes sociales las miró de costado, casi desde su aparición. No le llamó la atención Facebook, no abrió cuenta allí, mucho menos en todas las otras.
Cuando le instalamos en el teléfono móvil el whatsapp, pensamos que ganaría en interés, pero los mensajes de sus contactos se les acumularon de a miles y ni siquiera le dio curiosidad saber qué le decían ni qué le habían enviado.
Con él, no hay chat que valga, ni posteo, ni subida de video. Si uno sube alguna referencia como cumpleaños o Día del Padre es para que los demás sepan que le estamos festejando. Él jamás verá que le estamos diciendo en redes sociales.
Valga la aclaración de que el padre del editor de este semanario es una persona a la que le faltaba solamente un año para obtener su título universitario, tiene cientos de libros leídos, sabe mucho de música clásica y tiene una inteligencia por encima del promedio.
Lo de él no es una falta de adaptación ni de capacidad para aprender el manejo de las redes sociales. Es que no le encontró sentido al reenvío de mensajes ni al compartir videos, memes, fotos, audios, textos.
Tampoco lo hemos visto deprimido por no haberse integrado a ese nuevo mundo, ni ansioso, ni curioso, ni nada que se le parezca.
Obviamente, como gran parte de la vida de este editor consiste en moverse por ese mundo “virtual” preferiría que su padre estuviese conectado por esa vía, pero en el último tiempo desistió de cualquier intento de motivación sobre el tema.
Se trata de una devolución de libertades. Alguna vez he planteado desde estas columnas que llamo “editoriales” que el bien más preciado que me regaló mi padre fue la libertad.
No me obligó a elegir una carrera que no me gustara por seguir ninguna tradición familiar. Y me dejó equivocarme a antojo, con lo que los únicos reproches que tengo son por algunas malas decisiones que tomé y que no estoy a tiempo de revertir.
Y ahora que él se niega a “enredarse”, le devuelvo la libertad recibida. Que haga lo que quiera. Si prefiere ser un abuelo analógico, que lo sea.
Si para decirle que lo quiero, tengo que hacerlo personalmente así será. Si para conversar con él tengo que ir a su casa o invitarlo a la mía, entonces así charlaremos.
Si para compartir nuestra vida, tenemos que permanecer cerca... ¡entonces que así sea! Tengo el presentimiento de que su negación a lo tecno tiene un fundamento mejor que cualquiera de los que esgrimimos quienes nos conectamos vía internet.
Y cuando suba este artículo a la web, no lo leerá. Por eso, tendré que decirle al oído, mientras lo abrazo: ¡Feliz Día!
Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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