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Las infancias hoy

Por: Georgina del Zoppo (Lic. en Psicología - M.P. 5453)

Desde la Revolución Industrial y con el auge del capitalismo, las familias pasaron a ser -además del núcleo básico de la sociedad- ese nido de amor y cobijo, matriz de los nuevos individuos; un eslabón más del proceso de producción, en el sentido de que le aportan al circuito económico sujetos que son, también, los consumidores de los bienes y servicios producidos, además de ser factor trabajo (mano de obra), completándose así el círculo.
Entonces, ¿cómo ser niños en estas familias cada vez más pequeñas, con cada vez menos vínculos hacia el afuera (la familia extensa se ha vuelto casi inexistente), donde las obligaciones laborales y hasta educativas dejan cada vez menos tiempo para el encuentro y el intercambio con el otro, con adultos cada vez más cansados y con menos paciencia?.
Una de las quejas más recurrentes, no sólo en el consultorio sino en la vida cotidiana es no saber qué hacer con el tiempo libre y con el aburrimiento. Los adultos parecen horrorizarse ante el aburrimiento del niño, al que siempre hay que darle algo que hacer, y así aparecen las agendas abarrotadas de actividades; o algo con qué entretenerse, y distraerse… ¿distraerse de qué será la pregunta que habrá de formularse aquí? ¿Estar siempre haciendo para qué?
Se olvida entonces la importancia de la pausa, ese tiempo vacío de contenidos, donde el sujeto puede encontrarse a sí mismo y con el propio deseo. Algo de eso parece estar aterrándonos y generando angustia.
A las nuevas características que ha ido tomando la familia, se le suma esta suerte de corrimiento que viene experimentando la escuela de su lugar tradicional en la sociedad. De ser un lugar de transmisión de conocimiento, pasó a convertirse en lugar de contención y abocada incluso a la satisfacción de necesidades básicas que antes se cubrían en el entorno familiar.
Así, la escuela alimenta y ofrece un lugar a los niños a dónde estar, a cambio de no estar en la calle. Cabe preguntarse aquí, también, ¿cómo ser niños en una escuela que ha visto alterado su objetivo institucional, y que se encuentra en muchas ocasiones desbordada?
Ante esta situación, con familias que no pueden contener y escuelas que no pueden enseñar, lo más fácil resulta ubicar el problema en el niño. El número de consultas por estos “niños problemáticos” viene francamente en aumento. Y hay una batería de test y pruebas dispuesta a medir, como si el sufrimiento humano fuera una variable perfectamente mesurable, al mejor estilo de las ciencias duras.
Luego, viene el diagnóstico, con todo lo que ello implica para el niño y para la familia y, en ocasiones también, el conjunto de terapias y hasta la medicación para “normalizar” a este niño y su infancia.
Sera necesario estar más atentos y preguntarnos si no estaremos patologizando procesos que, como la infancia, son naturales.
Deberemos cuestionarnos hasta qué punto muchas de las conductas que nos incomodan de los niños no configuran tanto una enfermedad -que requiera de diagnóstico y medicación- sino un llamado de atención sobre ciertas disfuncionalidades que nosotros mismos venimos creando y sosteniendo en el ámbito de la familia, la escuela, y la sociedad.
Pero, sobre todo, habrá que estar más atentos y poder mirarnos, hacer esa pausa que nos permita encontrarnos de verdad con el otro, y empezar a ver al niño con su sufrimiento, con su deseo, con su historia, con su grupo familiar… para que lo que en ocasiones aparece invisibilizado detrás de un diagnóstico, empiece a tener un nombre, una cara y una afectividad.
A veces, tal como decía Donald Winnicott, un reconocido psicoanalista inglés y amante de The Beatles: “all you need is love” y “let it be” es todo lo que necesita un niño para crecer sano.

Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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