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La soledad del poder en la hora del traspaso

Fuerzas políticas derrotadas en elecciones deben saber leer los resultados si quieren mejorar su performance en futuras contiendas.

A un gobierno que pierde su elección en manos de un oponente político, por lo general se le suelta la mano. Sus últimos meses suelen estar acompañados de indiferencia, crítica,  cuestionamiento, y mucha soledad.
Le sueltan la mano los vecinos, los gobiernos centrales, y los medios de comunicación. Dependiendo de la relación que haya construido con comunicadores e intermediarios políticos, podrá ser castigado o hasta ser víctima de alguna revancha.
No es que haya un manual de procedimientos escrito sobre este tema. Las observaciones surgen de haber documentado idéntico comportamiento a lo largo del tiempo en diferentes transiciones entre gobiernos.
Si un gobierno central -provincial, nacional- mantenía una deuda de obra o servicio, probablemente la congele y la reanude recién con el próximo gobernante.
Paralelamente, se edifica con el gobernante electo una relación de expectativa, se cifra en el que viene la esperanza de que traiga los cambios que no vio concretados con el gobierno saliente.
Con el ganador, los medios de comunicación tienen un planteo permisivo, le festejan cualquier expresión, magnifican su opinión, todo lo que dice les cae bien, aplauden hasta la más nimia declaración.
Entre gobernante actual y siguiente se genera una tensión inquietante. El que gana pretende inmiscuirse en decisiones de quien está en ejercicio y este último no quiere co-gobernar ni un minuto y aspira a concluir su mandato, más allá de la derrota.

Democracia ante todo

Históricamente, las elecciones solían encadenar en un solo comicio lo municipal, lo provincial y lo nacional, más o menos dos meses antes de concluir un mandato. Una boleta larguísima condensaba legisladores provinciales, nacionales, tribunos, concejales, gobernadores, presidentes e intendentes.
Si había corte de boleta, el escrutinio podría pasar a la madrugada por la necesidad de plasmar en el telegrama el número exacto de cada mesa.
Con el tiempo, nació la especulación política y los candidatos a gobernador se despegaron de los candidatos a presidente y los candidatos a intendente de los candidatos a gobernador. Y así, a veces votamos seis o siete veces en un año, el sistema es carísimo, y abrumador para el ciudadano.
Para disminuir las molestias descriptas al comenzar esta editorial, las transiciones entre gobiernos no debieran superar los 60 días y la agenda del traspaso debiera estar clara antes del comicio correspondiente.
Para que ese tiempo entre gobernante electo y en ejercicio no sea desgastante, tampoco lesione el sano ejercicio de la democracia y permita a los ciudadanos un mayor compromiso con la cosa pública.
Ojalá, en el futuro, nadie le suelte la mano a un gobernante que traspasará su mandato a un adversario. Ojalá que tampoco haya castigos ejemplificadores ni venganzas en contra de ellos.
Ojalá que cada traspaso sea sano, encadenado, y constructivo porque no es fácil involucrar al ciudadano en la política ni sumar nuevos actores.
Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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