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Cuando desinformar empaña la democracia

En un mundo donde el consumo de información es cada vez más incidental, conviene pensar en lo dañino que pueder ser viralizar falsedades.

Agarrás tu teléfono y mientras chequeás redes sociales, te van apareciendo informaciones, decenas, cientos de ellas. Vos elegís compartir las que te parecen  interesantes, curiosas, divertidas, críticas, preocupantes, o tenés otros motivos para compartirlas.
En eso, no habría nada de malo. Después de todo, las redes sociales fueron creadas para eso: son una gran comunidad e gente que comparte cosas, momentos, instantes, pensamientos, creencias.
Y elegimos compartir aquellos hechos que refuerzan nuestras creencias, generalmente. Es un mecanismo bastante inconsciente. Al menos, no solemos ser racionalmente conscientes de que compartimos tal cosa porque refuerza lo que creemos sobre tal otra.
Sobre esto, tampoco habría nada de malo. Pero, en los últimos tiempos, asistimos a una reproducción sin control de cosas que no se ajustan a hechos objetivos. Sino son completamente falsos, son relativamente falsos, o descontextualizados.
Y muchas veces esos contenidos son preparados intencionalmente para dañar. Resulta cada vez más frecuente en la política. Cada vez más se habla de las fake news (noticias falsas) pero son mucho más que eso.
Y el consumo de esos contenidos falsos por completo, o falsos en parte, o sacados de contexto es absolutamente incidental. Como lo consumimos en nuestro teléfono móvil, no hacemos casi nunca tiempo para chequear si es verdadero o falso. Y lo compartimos sin más.

La idiotez útil

El dato curioso proviene del hecho de que mucha de la desinformación que circula proviene de gente que uno considera inteligente, racional, desapasionada. Y si esa persona lo envía ha de ser porque tiene verosimilitud y, entonces, comienza el renvío masivo que convierte ese contenido en masivo. Como se dice ahora: “Se viraliza”.
Si muchos de los que renvían la desinformación se tomaran el tiempo para chequear la veracidad, poco contenido se haría viral.
Está tabulado de que la desinformación circula seis veces más rápido que la información certera. Y no basta con que un emisor “calificado” desmienta ese contenido para que la viralización se frene. De hecho, hay cadenas de desinformación que circulan a intervalos regulares, a lo largo de varios años.
En lo que tenemos que estar alertas es, especialmente, en la desinformación que circula para desacreditar políticamente a un candidato. Si nuestra opinión sobre un candidato se basa en el consumo de informaciones falsas e incidentales, flaco favor le estaremos haciendo a la democracia.
Nadie duda de que la libertad es un valor apreciable de la democracia, pero también lo es el derecho a recibir información calificada. Y eso en gran parte depende de nuestra actitud frente a lo que recibimos, sin importar la fuente de la que procede.
Mejores ciudadanos seremos si aprendemos a separar verdadero de falso, si sacamos la pereza de no chequear lo recibido, y si dejamos de ser idiotas útiles reproduciendo material de dudosa procedencia que empaña lo que llamamos verdad.
Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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