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¿Pueden las lombrices cambiarte la vida y servirte de terapia?

Pablo Pedernera se decidió por la lombricultura hace más de 25 años y no le fue mal.

Por: Marianela Tabbia (De nuestra redacción)

Un hombre que disfruta de estar en contacto con la tierra, de conocer sus ciclos y admirar la gran labor de seres muchas veces menospreciados como lo son las lombrices. En la media hectárea de producción pasa sus días llevando adelante su negocio artesanal al que bautizó Raíces.
En la década del noventa, su trabajo de entonces le hizo acumular problemas de salud, especialmente por el estrés. Y sin dimensionar lo que vendría después, Pablo Pedernera asistió a un curso de lombricultura motivado por la curiosidad. Corría el año ‘95. 
“Me atrapó mucho. Empecé a indagar, compré mi primer núcleo de lombrices. Mi papá era carpintero así que me hizo cajones de madera para poner en el departamento, ahí empecé. En ese momento, le decía lombriterapia porque -como jefe de personal- me gané la rosácea que tengo por los nervios, tenía tensiones laborales y usaba esto de terapia”, relató.
Cuatro años más tarde, con el apoyo de su familia, decidió dar un paso más y convertir el hobby en su fuente de ingresos. Para eso, se mudó a Colonia Caroya y, en el sector rural, nació el emprendimiento con mucho esfuerzo.

Volver a la tierra

El especialista resumió el proceso de producción que, como mínimo, lleva seis meses. Todo comienza con la llegada del guano que se fermenta a lo largo de un mes, lapso durante el cual se le aplica humedad y movimientos constantes para lograr la aireación y, así, prepararlo como alimento de las lombrices.
Luego, se lleva el material a las cunas, es decir, espacios delimitados para contener a estos anélidos invertebrados que demorarán cuatro meses más en digerir -mediante succión y defecación- todo el excremento animal. Finalmente, el humus está listo, pero para sacarlo del lugar se utiliza una técnica que no daña a las lombrices, por lo que se debe esperar pacientemente que se trasladen a un nuevo sector para reiniciar el ciclo otra vez. 
La lombriz roja californiana es la protagonista de esa transformación. La clave del éxito del producto final está en la conservación: “cuando vos compras una bolsa de humus, la usas y atas bien para que no pierda la humedad que tiene, porque es suelo vivo. Hay bacterias trabajando dentro de la bolsa, esas bacterias necesitan humedad y si se seca el producto, muchas mueren entonces la calidad del humus disminuye”.

Desde casa 

Además de productor de humus, Pablo dicta diversos talleres en los que comparte sus conocimientos. En los encuentros, alienta a que en cada hogar haya un espacio para reciclar residuos orgánicos como yerba, cáscaras de frutas, restos de verdura, entre otros. 
Sin grandes superficies ni recursos se puede emplear el compost (capas de tierra mezcladas con los residuos) o con lombrices comunes que si bien no darán el mismo resultado que con las californianas, producirán un abono útil para plantas o la huerta.
“Puede -aseveró- compartirse familiarmente. Hoy, es al revés: los chicos nos inducen a los mayores a no tirar el papelito en la calle, a tener una conciencia más ecológica. Esto lo puede hacer cualquiera, hombres, mujeres, niños y ancianos”. 
Para el lombricultor, dar a conocer su experiencia sumándole un mensaje sobre la importancia que tienen estas pequeñas acciones, lo impulsan a seguir. “Me cambió la vida –concluyó- puedo estar horas hablando de esto. Soy un apasionado, me gusta lo que hago. Creo que es algo totalmente válido y que se puede hacer a nivel casero. Soy feliz cuando me dicen que tienen lombrices en casa, porque hay un adepto más. Lo fundamental es crear conciencia ecológica, darle más vida útil al basural. Qué importante sería si la parte orgánica no fuera a parar a basural”.
Claudio Minoldo

Claudio Minoldo

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