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Misterio en la biblioteca

2º Premio 6to Concurso Nacional de Cuentos para Chicos y Chicas ¿Quién apaga las estrellas?. Categoría: grupal 10 a 13 años.

Catalina, Irene, Sofía y Luján tenían que hacer un trabajo para la escuela. Decidieron reunirse en la biblioteca del pueblo porque era un lugar tranquilo, allí tendrían más libros de consulta y hasta una computadora para buscar en Internet.
− Este sí que es un lugar silencioso  −dijo Irene− aquí podremos concentrarnos.
− ¡Demasiado silencioso! −pensaba Sofía, que no aguantaba más de cinco minutos quieta.
Luján comenzó a leer en voz alta un libro de historia, Sofía no podía concentrarse y comenzó a mirar todo lo que la rodeaba tratando de encontrar aunque sea una araña o una mosca que la sacara de ese aburrimiento.
En una de las paredes vio que en un estante, detrás de los libros había algo. Se levantó corrió los libros y descubrió una puertita con esas rueditas numeradas de las cajas fuertes.
− ¡Chicas, chicas! Vengan a ver.
Las tres se levantaron y ni bien vieron la puertita dijeron a coro ¡Una caja fuerte!
Comenzaron a pensar que habría allí. ¿Joyas? ¿Dinero? ¿Las figuritas difíciles del mundial?  ¿Un tesoro?
A Catalina se le ocurrió preguntarle a Gertrudis, la bibliotecaria, que era una mujer bastante amargada, pero sólo sirvió para que ligaran un reto.
− ¡Ustedes mocosas! ¡Dejen de molestar! Este es un lugar para estudiar, no para andar metiendo las narices donde no deben.
Las cuatro pensaron que si Gertrudis había reaccionado así era porque algo tenía que ocultar.
Ya no pudieron concentrarse en el trabajo del colegio. ¡Tenían que averiguar qué había en esa caja fuerte!
Se fueron a la plaza, allí podrían hablar tranquilas. Tramaron un plan para entrar a la biblioteca cuando no hubiera nadie, a eso de las doce de la noche.
Era difícil que cuatro chicas pudieran salir de sus casas sin una buena excusa, cada una tuvo que inventar una mentira distinta para escabullirse.
Catalina dijo que tenía que cuidar al tátara tátara nieto de la vecina.
Luján dijo que iría a la pijamada que organizaba Sofía.
Sofía dijo que iría a la pijamada de Luján.
Irene salió con la excusa de que se le había escapado el perro.
Esa noche se reunieron en la casa del árbol que habían construido el verano anterior.
El pueblo estaba silencioso, sólo se escuchaban grillos o algún perro que ladraba a lo lejos.
Llegaron a la biblioteca y treparon por la tapia del pasillo lateral.
En el techo había un ventiluz que no tenía rejas. Sofía desenganchó la traba con su hebilla del pelo. Ataron los buzos y camperas para hacer una cuerda que les sirvió para descolgarse.
Irene bajó primero porque era la que más sabía de computación y fácilmente podría desactivar la alarma. Cuando lo consiguió hizo una seña y bajaron las demás.
Catalina encendió la linterna y entraron con pisadas de gato.
Llegaron hasta la caja fuerte y se encontraron con un problema que no habían tenido en cuenta: la clave.
Intentaron, intentaron. Probaron con miles de combinaciones distintas. Las horas pasaban y no encontraban los números correctos.
Sofía se había quedado dormida sobre la mesa.
La linterna comenzó a parpadear señalando que casi no tenía pila cuando de repente ¡Clik! Entró la clave y se abrió la puerta.
En ese instante escucharon voces afuera, es que ya había amanecido y los empleados comenzaban a llegar. No alcanzaron a ver qué había dentro, pero se lo llevaron igual. Era un sobre de cuero. Lo metieron en una mochila y salieron lo más rápido que pudieron.
Treparon por la cuerda de ropa y lograron recogerla justo cuando entraba Gertrudis.
Pensaron que en el campanario de la iglesia podrían sentarse tranquilas a ver de qué se trataba el tesoro. Justo cuando iban a abrir el sobre, apareció el cura a tocar la campana para llamar a la primera misa.
Se fueron a la galería comercial, se sentaron en la entrada de un negocio. Cuando estaban por abrir el sobre, justo llegó el dueño de la librería Luiguis que abría temprano el negocio porque los chicos del secundario siempre necesitaban algo antes de entrar al colegio.
Entonces se les ocurrió que la mejor opción era meterse en la heladería abandonada. Había telas de araña por todos lados y chillidos de murciélagos pero nadie las molestaría allí.
Apoyaron el sobre en una heladera vieja y…
¡Suspenso!
Adentro encontraron el diario íntimo de la fundadora de la biblioteca, esa señora tan refinada que aparecía en los cuadros del salón municipal.
Leyeron página tras página y descubrieron un secreto impensado.
Allí estaba la verdadera historia de la familia de la fundadora.
No había sido descendiente de europeos inmigrantes, como habían dicho. ¡Tenía sangre aborigen!
Ella, la fundadora, había sido la hija menor del cacique. Su padre había hecho un acuerdo con una familia de inmigrantes para que le dieran el apellido a la pequeña para que pudiera estudiar. A cambio él les cedió sus tierras.
Así la fundadora tuvo que negar a su padre toda la vida aunque lo extrañara día y noche. En esa época era imposible que aceptaran a un aborigen en una escuela y menos aún si era mujer.
Lujan, Catalina, Sofía e Irene decidieron sacar a luz esa verdad.
Fueron al canal de televisión, al diario y a la radio, actuaron con valentía, sabían que era arriesgado.
Los tiempos habían cambiado, el pueblo sintió que debían rescatar la verdadera historia y seguir las averiguaciones.
Por ello el intendente nombró a las chicas como “Investigadoras de las identidades ocultas” y sus padres les suspendieron la penitencia por escaparse sin permiso.

Sofía Ripeloni Vivas (10), Catalina Bernis (10), Irene Lucía Sánchez (10), María Lujan Medina (9) - Taller Literario Barriletes en Vuelo | Univ. Pop. de Colonia Caroya
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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