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Los beneficios emocionales de comer en familia

Si analizamos la historia de los últimos 50 años y nos preguntamos qué cosas ganó y cuáles perdió la familia, probablemente lleguemos a la conclusión de que perdió más de lo que ganó. Veamos porqué.

El ritmo de vida de hace medio siglo permitía que las familias se juntaran, al menos una vez por día, y comieran juntos. Salvo causas de fuerza mayor, a nadie se le ocurría almorzar o cenar a las apuradas, por turnos, sobre la mesada o en el desayunador.
Y mucho menos “solucionar” una comida con salchichas o una hamburguesa congelada. Cierto es que hoy son pocas las mujeres que pueden estar toda la mañana cocinando un estofado, y pocos los hombres que vuelven a almorzar a sus casas.
Tampoco son muchos los chicos que pueden almorzar con sus padres y hermanos porque los horarios de la escuela suelen exceder el horario del mediodía.
Sin embargo, hay que tener presente que la cena es en general una comida que todos pueden compartir. Veamos todos los beneficios que, según diversas investigaciones, aportan estos momentos en familia:
• De cada 2000 palabras que un niño incorpora a su lenguaje, 1000 fueron escuchadas en la mesa familiar.
• El rendimiento escolar es superior cuando comen en familia.
• En la mesa, los niños pequeños incorporan hábitos sociales.
• El encuentro genera rutinas sanas de alimentación, reduciendo la posibilidad de padecer trastornos alimentarios (bulimia, anorexia, etc.).
• El encuentro familiar alrededor de las comidas es clave en relación con lo afectivo y emocional.
• Los adolescentes que habitualmente comparten la mesa con sus padres y hermanos tienen menos probabilidades de incurrir en conductas negativas como consumo de drogas, actividades sexuales de riesgo, depresión, violencia y pérdida de peso excesiva y patológica.
• La hora de la comida estimula el diálogo y es esencial como espacio de contención y reflexión.
• La mesa familiar es una excelente transmisora de valores. Ejemplo: cuando  papá se muestra complacido con una comida y mamá sonríe feliz, los hijos aprenden los rudimentos de una relación de pareja sana.

La otra cara de la moneda

Por el contrario, ¿qué puede pasar cuando estos encuentros familiares son infrecuentes o inexistentes?
• La falta de este contacto cotidiano lleva al aislamiento. Comer siempre solos se transforma en un hábito muy difícil revertir.
• En niños pequeños la falta de atención de los padres puede causar trastornos psicológicos o enfermedades físicas, reales o imaginarias.
• En el caso de adolescentes, comer en familia debe ser una cuestión prioritaria porque con ellos en general los espacios de encuentro suelen ser menores debido al tipo de actividades que desarrollan.

Consejos

• Si en casa se perdió la costumbre de comer juntos, tomar la decisión de retomar el hábito. Para ello, comunicar nuestro deseo a todos los integrantes de la familia.  Si las actividades de alguno dificultan el almuerzo o la cena en común, reunirse en el desayuno, o planificar qué días y comidas pueden lograrse, y pedir que cada uno haga lo posible por estar presente.
• Facilitar que las comidas sean un momento placentero; sin peleas ni discusiones. Si cada comida se transforma en una discusión, comenzarán las deserciones.
Si en cambio reina una atmósfera agradable, todos querrán repetir la experiencia. ¿Hay temas tabú en los horarios de las comidas? SÍ: todos los que puedan mortificar a algún integrante. Las cuestiones que puedan generar discusiones o incomodidad, dejarlos para otro momento y lugar.

Comidas y televisión: un mal combo

Según estudios, después de Rusia y EE.UU., Argentina es el país donde más televisión se mira durante la comida principal. En realidad, si lo pensamos, el televisor viene a ser algo así como un mueble: generalmente nadie lo mira ni escucha, pero el ruido de fondo y el cambio de imágenes interfiere por completo con la conversación. Una comida familiar con el televisor encendido impide que nos escuchemos, y no hay diferencia con comer y ver televisión en el cuarto. El televisor encendido en una comida es enemigo del diálogo.
Además:
• Al comer viendo la televisión no somos conscientes de lo que ingerimos, corriendo el riesgo de comer en exceso. Asimismo, ver televisión inhibe la sensación de saciedad ya que el cerebro está atento a otras cosas. Todo esto puede causar sobrepeso.
• La luz y exceso de colores de la pantalla (de cualquiera por supuesto), sobre-activan el cerebro impidiendo lograr un sueño reparador.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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