Último momento
recent

La Caroyense pierde a sus últimos guardianes del tiempo

Celso Campana y Daniel Ambrosich, cerca de jubilarse, recuerdan historias tras la bodega.

Por: Marianela Tabbia (De nuestra redacción)

Con andar pausado llegaron al encuentro dos referentes de la empresa, trabajadores que transcurrieron toda su vida laboral dentro de esas paredes. Cargados de relatos, comenzaron a narrar tímidamente lo que es el tramo final de su etapa en la empresa. 
“Empecé a trabajar como transitorio, así se llamaba, en el año ‘73. Trasportaba vino desde La Rioja hasta acá como acompañante de chofer, solicité trabajo fijo y me dieron. Después de volver del servicio militar, en diciembre del ‘74 quedé efectivo y no me fui más. Cumplí 45 años acá. Mi padre y el padre de él tenían la bodega Campana que está en Tronco Pozo y la que han destruido, para construir una estación de servicio, era la fraccionadora. Después mi padre perdió la empresa así que a buscar trabajo. Tengo sangre de bodeguero”, inició Celso (64).
Años más tarde, llegó Daniel (63) buscando puestos vacantes: “Éramos productores de uva pero después de la pedrada del ‘76, busqué trabajo acá y me tomaron. Mi papá Don Ernesto está entre los fundadores de la bodega. Siempre fui foguista y destilador. Don Mario Seculini fue mi gran maestro, me fueron enseñando y quede ahí. Por esos años, traían muchos productos de La Rioja para destilar, desmetilizar, hacer alcohol puro así que se trabajaba todo el año”.
Esa experiencia les valió conocer en detalle cada parte del proceso de producción. Después de cuarenta años, se animaron a expresar: “Con Ambrosich somos los dos únicos que quedamos como destiladores. Por el momento no hay más gente que sepa hacer una buena grapa en esta zona”. 

Centro de reunión 

Los trabajadores coincidieron en valorar el peso que tenía entonces la bodega. Para Daniel, era el centro del pueblo: “Todos dependían de la bodega. Era el sostén de la familia. Después, si sembrabas un poco de papa, batata ya era un plus. Toda la Colonia era uva. Fueron tres pedradas en el ‘76, rompió todo lo que rebrotaba. Ahí, cambió todo, se empezaron a abandonar los viñedos”. 
“No había otro lugar donde llevar uva. Cuando entré se molían siete millones de kilos. Entonces, la gente miraba esto como un lugar para entregarla. Los socios siguieron activos, cada vez menos, pero venían a La Caroyense porque también estaba el supermercado. Entregando uva tenías mercadería para comer, con el bono mensual podías usar la plata o sacabas mercadería. Era un almacén de ramos generales muy completo porque tenían tienda, materia prima para máquinas o viñedos”, explicó Celso.

Sinsabores

¿Qué les quedó grabado en la emoria? Ambos coincidieron en lo mis-mo. El despido de 50 familias en el año ‘95 fue un duro golpe para los empleados porque temían perder la fuente laboral. Pero la confirmación de su continuidad en el puesto cuando la familia Tay tomó posesión de la dirección, se convirtió en otro momento que recuerdan con cariño. 
Celso solo le queda días para jubilarse mientras que a Daniel le queda un año y medio más de labor. La despedida luego de varias décadas recorriendo los pasillos no siempre es fácil. 
“Para mí la bodega ha sido todo. Lo que tengo hoy, mi familia, todo lo tuve de acá. Lo que aprendí, lo enseñé y nunca me lo guardé. Entristece llegar a la jubilación, no sabés si quedarte o irte, pero la espalda ya no da tanto como antes así que, como quien dice, me voy a descansar un tiempo”, concluyó Campana.

Sonidos en la memoria 

El silbato de La Caroyense marcó varias generaciones. Ese sonido inconfundible que suena desde hace tantos años, proviene de la caldera a vapor que se empleaba para pasteurizar los vinos, envasado de algunas variedades y destilado. El artefacto es el mismo que llevaban los trenes a vapor. 
“La caldera era el cerebro de la bodega cuando era cooperativa, sino andaba la caldera no andaba ninguna máquina. Hoy, cuando toca el silbato es porque estamos envasando. Antes, el silbato era el llamado al trabajo, se tocaba media hora antes a las 6:30, a las 6:55 a posición de trabajo y 7 comenzaba la jornada. Contaba la gente del campo que cuando silbaba el silbato de la bodega era el anuncio para ir a la casa a almorzar. Era un llamado en el pueblo muy importante”, resumió Celso. 
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Con la tecnología de Blogger.