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El ballet de Alejandra Vicari brilló con la presentación de Drácula

Se trató de una de las obras más logradas del ballet, con una puesta en escena de lujo, un vestuario soñado, y en un escenario como el que se merece un show como éste.

Siendo Drácula una obra que tiene cientos de representaciones en todo el mundo, el desafío más grande para cualquier compañía es lograr una versión personal.
Es muy difícil para el espectador abstraerse de las historias del conde de Transilvania de las películas, del Drácula de los libros, de las obras de teatro, y hasta de los musicales.
Sin embargo, el ballet de Alejandra Vicari logró esa versión “personal” del clásico de Bram Stoker, a lo largo de casi dos horas de función.
El primer alivio para la academia de danzas fue saber que se colgó el cartelito de “localidades agotadas” para las dos funciones del sábado 10 de noviembre.
Y resultó en ganancia, especialmente, el cambio de teatro. El complejo Molise está preparado y sus butacas dispuestas  y con la inclinación necesaria para una mejor apreciación de cuanto allí se propone.
Y es la primera vez en muchos años que los cuadros en los que hay “tap” se escuchan nítidamente. Ya no se pierden esos ensayados y cronométricos taconeos sobre las tablas.

En busca del balance

El cuerpo de bailarinas para esta puesta de Drácula resultó imponente como siempre. Sin contar a las profes, subieron al escenario 99 bailarinas y cada una de ellas lo hizo al menos en dos cuadros.
Eso suponía, como mínimo, dos cambios de vestuario, sobre un total de 22 cuadros. El trabajo de las maquilladoras y vestuaristas resultó impecable.
Históricamente, los espectáculos de Alejandra Vicari suponían un desfile de las alumnas de la academia desde las más chiquitas hasta las de los años más avanzados. Así, lo mejor siempre estaba por venir, en términos de belleza estética.
Pero no fue éste el caso. Aquí, se puso sobre el escenario lo mejor desde el minuto uno. Drácula y su amor, Elisabetta, (Alejandra Vicari y Ayén Vera) toman por sorpresa el escenario desde los primeros cuadros.
Y desde los primeros minutos, hubo sorpresa con la interpretación vocal de Maricel Buono (Soprano) y Gustavo Serrano (Tenor) de algunos clásicos de la música lírica. De hecho, ese dúo fue el encargado de administrar algunas necesarias pausas con piezas muy bien logradas (sublime el Hallelujah de Leonard Cohen en una bella versión en español).
Y el repertorio musical ensambló a la perfección con lo propuesto. Hasta el heavy industrial de Marylin Manson o el heavy clásico de Apocalyptica sonaron apropiados para la mitad del show.
La histórica intervención de un “narrador” fue sustituida por algunos textos en off escritos por Marita Freytes y colocados  estratégicamente.

El amor triunfa

Este Drácula tuvo una muerte menos sombría que en las películas, no hubo persecusión, ni tanta estaca en el corazón, cruces, ni agua bendita. Primó la historia de amor, la de aquel que se hizo implacable y renegó de Dios por amor, del que quiso la inmortalidad para poder reencontrarse con su amada Elisabetta, encarnada muchos siglos después en Mina.
Todo lo que se contó con este Drácula versó sobre esa espera y sobre el viaje del conde desde Transilvania a Londres donde tuvieron lugar los eventos que lo enfrentaron a Van Helsing y a su muerte.
Más allá de la pericia que demostró el ballet de Vicari, cada vez más coordinado y estéticamente cuidado, siguen llevándose la ternura y los aplausos más sinceros las más peques de la compañía. Cada aparición de las chiquitinas fue seguida de suspiros y sonrisas cómplices.
Y el cuadro final fue una delicia, la cereza del postre de un año en el que los sueños se coronaron con esa noche de sábado, a sala llena, plagada de aplausos, y con el festejo de las bailarinas y bailarines, puertas adentro, a grito partido.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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