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“Pelusa” Copetti, tras los pasos de su papá y su pasión por el arpa

El conocido profesor de Educación Física muestra una faceta desconocida por muchos.

Por: Marianela Tabbia (De nuestra redacción)

Personaje como pocos, abrió las puertas de su casa para contar historias, café de por medio. Hace tiempo sonaba el rumor de que un tal Copetti tocaba el arpa, pero nadie podía imaginar que sería el querido “profe”.
Una gran contextura física, voz pausada pero firme y la seriedad en su rostro, contrastan paradójicamente con el instrumento caracterizado por la dulzura de los sonidos y la delicadeza de los movimientos de quien lo ejecuta. La charla fluye cargada de anécdotas y más de una risa ante las ocurrencias del flamante arpista.
A poco de jubilarse, Pelusa rescató a la música de la lista de cuentas pendientes. Esa elección no es azarosa ya que en el árbol genealógico aparece el nombre de Eduardo Copetti. Su papá falleció a los 41 años de un cáncer y dejó a su único hijo en plena niñez con un sinsabor difícil de digerir.
Sin embargo, los buenos recuerdos pesaron más por lo que aún conserva el arpa que tan famoso hizo a “Dado”, tal como apodaban a su padre. Padre e hijo son los únicos en esta zona que se inclinaron por este complejo instrumento que llevó al apellido Copetti a ganarse un renombre en el ámbito musical.

Corazón de músico
“Empecé el profesorado pensando que iba a jugar al futbol y al básquet, resulta que después me pararon frente a un grado y ahí digo ‘¿qué hago acá?’. Me gusta la música como segunda opción, mi mamá siempre decía que si mi papa siguiera vivo no andaría con el deporte sino a la rastra con la guitarra”, confesó.
En cuanto a lo deportivo, señaló que cumplió innumerables metas: “He jugado por todos lados. Después me junté con un grupo de amigos a andar en bici, crucé dos veces la Cordillera de Los Andes, tengo ocho viajes desde la parroquia de Jesús María a la catedral de Catamarca”.
Pese a todos esos logros, algo seguía latente dentro suyo. Pelusa recordó como si fuese ayer aquel 5 de noviembre de 2014 cuando llegó el arpa a su casa y así comenzó una nueva etapa. Previamente en la web, había encontrado un profesor que daba clases a través de videos, Rubén Carlos Ramírez, quien es hasta hoy su mentor.
El profe “Pelusa” ya cumplió los 58 y explicó que la música siempre le gustó, pero como hobby: “Ahora me está alcanzando porque estoy a un año y medio de jubilarme y voy a poder dedicarle más tiempo a esto. Quiero mejorar con la guitarra, me gusta el violín y el acordeón a piano también”.

Saldando deudas  
“A los 16 años empecé a estudiar guitarra con el maestro Nieto en Jesús María. Tengo guardado todavía el cuaderno de lo que me enseñó. No tenía plata, guitarra, nada, duré un mes. Después me recibí en noviembre del ‘81, volvía a mi casa y escuché una arpa. Toco la puerta de la casa y me atiende un paraguayo, Albino Quiñonez y le cuento que tenía una. Estudié tres meses con él, llegó fin de año y volví a Jesús María porque necesitaba laburar. En febrero me llamaron de Gendarmería, seguí con el club, la escuela de deportes y ya se me complicó ir para allá. Pasaron los años y siempre me quedó pendiente”, relató. 
Esos sonidos quedaron marcados a fuego en su memoria: “Ha sido muy fuerte este instrumento en la familia Copetti, vos trasladate a 60 años atrás. ¿Cómo hizo mi papá para aprender esto? ¿De dónde se le ocurrió? Nunca lo voy a saber, mira que han pasado años y ahora estoy yo con esto. Hasta hoy me sigue emocionado, yo agarro el arpa y es como rendirle un pequeño homenaje”.
Las noches de gira con su padre lo sumergieron en el mundo bohemio de los músicos de aquel entonces. “Me he dormido en todas las camas que había en el Rancho El Faro, cuando era rancho con techo de paja y cuatro estacas. A la tardecita salían de la concesionaria donde trabajan, cazaban guitarra, arpa y se rajaban ahí. Todas las noches, todos los boliches que había. A los siete años me sentaba con el arpa de él”, recordó.
Para concluir, destacó risueño cómo son los encuentros donde se luce con el arpa: “Cuando vamos a comer asados con mis amigos, durante el primer tema están todos pendientes; en el segundo, más o menos; y ya para el tercero, no me dan ni cinco de bolilla así que la guardo, agarramos la guitarra y empezamos a ladrar creyendo que somos los mejores del mundo”.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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