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Dolorosa partida del Padre de los Gauchos

Por: Esteban José Martos (Abogado, artista plástico).

Gritos, alaridos, retumbar de cascos de caballos lanzados a la carrera, y el cerebro que manda: “a la carga”. La voz no sale por la reseca garganta, la mano derecha crispada no logra ponerse en movimiento blandiendo el sable, como hace diez días, solamente.
Está debilitado al extremo todo el cuerpo de ese gaucho de barba negra y espesa, que yace tendido sobre un humilde catre de madera con tientos de cuero, que se desangra por la herida que ha minado su humanidad, pero no ha podido con su espíritu indómito y valiente.
Es el fin se dice a sí mismo, en una breve tregua de lucidez, que el atroz dolor le concede. Repasa lo que ha sido la pasión de su vida: la independencia de la Patria grande, esa libertad tan ansiada.
Lo marea la amargura por la tarea inconclusa, pero sabe que tanto él, como sus gauchos, hicieron más, mucho más de lo humanamente exigible. Sabe también que sus queridos héroes anónimos le han jurado terminar la misión, y son de los que cumplen aún a costa de sus propias vidas.
Se estremece el gigante herido, siente la caricia del rocío sobre la frente que le alivia el mordaz abrazo de diez días de fiebre, escucha el crepitar de las brasas de la cercana hoguera; las ramas del viejo cebil que lo protege, le permiten ver la luna, el frío lo recorre entero y no es el frío de tantas noches a la intemperie. Éste es distinto, sabe de qué se trata, y se descubre pensando en sus amores: Carmen, los changuitos Martín y Luis y, claro está, ¡Macacha!.
Se tranquiliza al recibir por enésima vez la promesa de todos sus gauchos: “¡los protegeremos con nuestras vidas, señor General!”.
Divino tesoro la mente de los hombres, le permite viajar doce siglos al pasado, y le hace ver allá, en el cerro, al Nazareno, padeciendo su martirio en un madero. Ahora, comprende el tremendo dolor de la vil traición, que destroza la carne, pero no puede con el alma de quién sabe que su misión es sagrada y cumplirla, pese a todo, es su mayor orgullo.
El recorrido lo lleva más cerca en el tiempo, apenas si hace un año, ni siquiera eso. Ve al camarada de armas que, tras cruel sufrimiento físico, se entrega al Creador y se despide del médico que lo asiste, que  él mismo le enviara, exclamando compungido: “¡Pobre Patria mía!”.
Ahora, se estremece de optimismo, mientras observa, en el futuro cercano, que su gallardo amigo ha cruzado los andes y regresa victorioso. “Sueño cumplido”, suspira profundo. Ya está con Dios.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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