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ACES todavía sueña con un mundo que discrimine menos

Está abierta la convocatoria de cada año a jóvenes que quieran desparramar mensajes de cuidado de uno mismo y de respeto e inclusión al otro.

Hace rato, pero realmente rato que Adolescentes contra el Sida (ACES) es mucho más que eso. La prevención sobre el HIV-Sida sigue allí como leitmotiv porque fue la idea primigenia: hacer que adolescentes le ayuden a otros adolescentes a cuidarse de la posibilidad de enfermarse de infecciones de trasmisión sexual.
Pero con el correr del tiempo se transformó en una segunda familia, en un grupo sólido de amigos que debaten su vida y sus problemas, donde se lucha en contra de la discriminación, donde no se juzga a las personas por sus elecciones sexuales, donde se lucha contra las adicciones, donde se es tolerante con las ideas y opiniones de otro, donde se crece, se aprende, y se disfruta de esa etapa maravillosa de la vida.
Y ya pasaron más de 25 años, parece mentira. Y como nunca antes, ese trabajo hormiga de ACES se tornó imprescindible. Cada adolescente merece saber a qué riesgos se expone si no toma los recaudos suficientes. Cada adolescente tiene derecho a saber que si no cuida su vida, si vive en los excesos, y en la imprudencia puede atravesar situaciones indeseadas: puede hacerse adicto a drogas lícitas o ilícitas, puede cursar un embarazo no deseado, puede enfermarse o infectarse por mantener relaciones sexuales no protegidas, por mencionar algunos problemas.

Volver a empezar
Desde el año pasado, ACES se está probando en nuevo día. Las reuniones abiertas todo el año a nuevos miembros tienen lugar los miércoles a las 19.30 en el IPEM 272 Domingo Faustino Sarmiento. Precisamente allí, el pasado miércoles estuvo Primer Día acompañando la reunión.
El coordinador de ACES, el bioquímico Ignacio “Nacho” Aguirre está proyectando una presentación y apela a toda su artillería para que le presten atención: dice algunas malas palabras, combina algunos chistes, proyecta pequeños cortos cinematográficos, y aporta datos científicos y estadísticos. Explica todo como si fuese la última vez en que va a ofrecer esa charla y, aunque el auditorio de esa noche es pequeño, usa la misma enjundia y la misma pasión que si fueran miles. Como si le fuera la vida en ello.
Y él mismo lo reconoce: “Hay chicos que vinieron a ACES una sóla vez y no volvieron más. Tengo que hacer que esa única vez para ese chico valga la pena, que se lleve algo útil para su vida”.
Por eso, cuando la proyección finaliza y se prenden las luces, hay caras animadas, entusiasmo, sensación de haber aprendido algo. Ya valió la pena.

Los testimonios
Verónica Stechina es mamá de una adolescente y de un bebé de dos años. Participa de ACES como parte de una materia de la carrera que cursa en la UE Siglo 21 y reconoce con un poco de pudor la razón por la que eligió a la ONG: “Como mamá necesito recursos para explicarle a mi hija adolescente todas sus dudas. Pero, además, me encontré con que tenía un montón de lagunas respecto de los temas que tratamos acá así que me atrapó de una manera que pienso seguir viniendo después de la materia”.
Valeria Amaranto, otra estudiante de la UE Siglo 21, refuerza: “Tenemos que tomar conciencia de que hay que hacer actividades que le hagan bien al alma, de ponerte en el lugar del otro un poco más seguido, y buscar estas cosas que muchas veces, como sociedad, nos olvidamos. Estoy feliz porque ACES ofrece herramientas para lograr eso”.
Finalmente, Priscila Rodríguez, integrante de la institución desde hace una década, completa: “Con el conocimiento que adquirimos podemos ayudar a muchas personas. Uno viene solo, pero acá se hace de muchos amigos. Se hace una gran familia y te sentís parte”.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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