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María Inés Bustamante: con la docencia estampada en el alma

Por: Adriana Felici (Periodista - directora sección En Familia)

Si todos dejamos huellas en nuestro camino por la vida, no cabe duda que los maestros las imprimen a fuego en los niños que pasan por sus aulas. En este Día del Maestro elegimos para esta contratapa a una docente que contagia entusiasmo y amor por su tarea: María Inés Bustamante (50, casada, 2 hijos), que lleva 30 años tiza en mano, y creemos referente de la palabra vocación.
Nacida en Candelaria Sur, desde 2005 está en la Escuela Coronel Pascual Pringles de Sinsacate. Antes, durante 13 años, fue maestra rural (en Campo Columbo, Las Astillas, Los Algarrobitos, Los Cometierra…), y después de un tiempo en Sarmiento, trajo a las aulas de Sinsacate su apasionamiento por la docencia, que hoy se mantiene intacto.
¿Por qué sos maestra?
- Creo que desde chiquita tengo vocación de enseñar. Jugaba a la maestra con mis gatos. Tocaba un cencerro, venían, les daba la leche, y cuando se dormían les daba clase. Usaba una pared de pizarrón, escribiendo con tiza o carbón. Mis hermanos se mataban de risa. Y yo les decía: ¡Salgan! ¡Me interrumpen la clase! Me encantaba enseñar y me sigue encantando.  
¿Cómo fue tu primera experiencia como maestra rural?
- Un desafío. No nos habían preparado para ser personal único. ¡Cuando vi todo ese mundo que era esa escuela tuve un miedo! –ríe. ¡Las planillas que había que hacer! Y yo de lo administrativo no tenía idea. Gracias a Dios ya andaba de novia, y mi suegra, que hacía años que estaba en una escuela rural, me ayudó mucho. Ser personal único –explica – implica un vínculo profundo con la comunidad. En la ruralidad la escuela es el 80 por ciento: es el lugar de reunión, de difusión; es todo. Se organizan loterías, bailes, partidos de fútbol, comuniones…
Fuera del horario escolar…
- Sí. A veces me quedaba para las reuniones hasta que los padres terminaban de trabajar en el campo. Mi primer auto fue una “renoleta” (R4)… Me acostumbré a manejar en el barro, aprendí a cambiar gomas…- ríe nuevamente, tal como lo hará frecuentemente durante la entrevista. El día que más horas estuve fuera de casa –continúa- fue cuando iba a los Cometierra. Fuimos con mis hijos que eran chiquitos, y volviendo nos agarró la lluvia. Nos empantanamos y no había llevado pala. Fuimos a pedir ayuda a una estancia. Les rogaba porque se hacía de noche. Terminamos todos embarrados, dice risueña.
¿Viviste el éxodo del campo de los ’90? 
- Se vaciaron muchos campos porque la gente no tenía con qué vivir y empezaron a disminuir las matrículas. Sufrí mucho cuando amenazaron con cerrar las escuelas rurales. Siempre me planteé que así fueran uno o dos niños, alguien tenía que atenderlos.
¿Por qué te fuiste de Nintes?
- Era interina y al año llegó el titular. Fue de un día para otro. Me volví llorando a casa.

Los más chiquitos
Hace 10 años que está a cargo de primer grado; un nivel que no siempre es muy apetecido.
¿Por qué ocurre esto? 
- Creo que hay cierto temor porque el paso de los chicos de un nivel a otro implica muchos cambios. Quizá se necesita que el maestro no se ajuste tanto a la currícula para que el pasaje sea más placentero; que el corte no sea tan abrupto. Hay que formar el oficio de estudiante: no entramos a la escuela, nos ponemos el guardapolvo y ya sabemos lo que es ser alumno de primaria.
¿Sentís lo tuyo como un trabajo? 
- Más que trabajo… -reflexiona- lo tomaría como una misión. Misión de acompañar a los niños y darles las herramientas para desenvolverse en sociedad. Los contenidos son necesarios, pero también es importante que sean ciudadanos competentes, poniendo por delante valores como el respeto, que para mí es fundamental. Respeto en la palabra, en la diversidad, en todo. Creo que todos son capaces y todos pueden hacer algo.
¿Cómo manejás las particularidades? 
- Usando distintas metodologías; llegando a un mismo contenido de diferentes formas. Por ejemplo si un niño ya lee y escribe solo, puede leer para todos las consignas del día. Lo hacés participar. Tienen que ser protagonistas; es la mejor forma de aprender. Pienso que por más años que uno lleve enseñando no tiene que sentir que ya sabe todo. Los chicos siempre te sorprenden. Hay que buscar ayuda si no sabemos algo. Siempre hay algo nuevo para intentar.
¿Se puede ser maestro sin vocación? 
- Sin vocación no vas a ser maestro en un ciento por ciento –responde rotundamente. Vas a ser un transmisor de conocimientos, pero no un maestro de alma. Siempre te va a faltar un poquito. La escuela tiene que ser un espacio para aprender disfrutando. Tienen que ver sentido a lo que hacen.

Más semillas
En 1996 María Inés hizo un curso de la Fundación Acude (Ambiente, Cultura y Desarrollo) para producir árboles. Durante varios años los produjo en las escuelas rurales, y luego, todo lo que aprendió lo trajo a la escuela de Sinsacate, donde desde 2007 funciona un vivero (construido por la Municipalidad). Allí los niños producen árboles autóctonos a partir de semillas.
- Es fantástico –nos cuenta. Todos participan. Están los que preparan la tierra, los que siembran, los que trasplantan… Y así también practicamos materias: por ejemplo, midiendo con regla cuánto creció un árbol hacemos matemáticas. Además ayuda a crear conciencia del cuidado del medio ambiente. Un chico que planta árboles no los destruye… Cuando pasó el desastre del río surgió por qué había pasado y entendieron cómo corre el agua cuando hay desforestación. Y la necesidad de reforestar, aunque lleve años.
¿Te sentís una maestra querida?
- Gracias a Dios sí -ríe complacida. Es importante porque te da ganas de seguir haciendo cosas. Para mí el afecto es fundamental en todo.
¿Podrías seguir siendo docente si no lo disfrutaras? 
- No –dice categórica. Y menos hoy. Necesitamos maestros de alma con ganas de hacer cosas, de innovar todos los días.
¿Qué huella quisieras dejar en tus alumnos?
- Que me recuerden como alguien que les enseñó valores. y que creyó en ellos.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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