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Josefa Bergagna: “Cuando me dijeron que Argenseda iba a remate me mataron”

Por: Adriana Felici (Periodista - directora sección En Familia)

Josefa “Pepa” Bergagna nació en 1931 en Jesús María. Orgullosa de haber transitado el “camino de la seda” en Colonia Caroya, cuenta que comenzó trabajando en lo del italiano  Donini -que criaba capullos de gusanos de seda-, y 38 años en la fábrica Argenseda. “Fue la primera vez que la mujer de Colonia Caroya tuvo apertura para trabajar afuera”, cuenta esta mujer criada en la Colonia.
Viuda, madre de 3 hijas y con 4 nietas, Pepa evoca términos curiosos: bachinela, sericina, dextrina… Desde la cría de los gusanos hasta lograr las codiciadas sedas naturales hay un complejo proceso extenso de describir; pero vale saber que para segregar los hilos de seda los gusanos se alimentan de la morera. “Es un misterio ver los tejer su capullo. Me emociona que un gusano se transforme en mariposa”.

Principio y fin
Argenseda fue la primera hilandería de seda natural del país. Originó una industria que hasta entonces se desarrollaba en Colonia Caroya en forma casi artesanal. En 1949 ocupó el predio donde hoy está Puerto Caroya.
Pepa recuerda: “Se vendían sedas a Buenos Aires y Córdoba; se hacían telas de paracaídas para la fábrica de aviones IAME; telas de corbatas para gente de gustos especiales (como el modelo Ante Garmaz); enormes pañuelos para la firma aérea Austral; shantungs para hoteles 5 estrellas... El shantung –explica- tiene nuditos por la degeneración de un capullo: cuando se juntan dos gusanitos y trabajan al mismo tiempo sale un hilado con esas irregularidades”. Ella estaba en ventas: “Venían grupos de amigas de Córdoba a comprar. Les sugería qué telas usar”. Imborrable un viaje a Buenos Aires en 1949 con compañeras para una exposición. Queda como testimonio una foto con Eva Perón visitando el stand de Argenseda.
Hacia fines de los ’80 la fábrica cerró. “Cuando me dijeron que iba a remate me mataron. Fue el dolor de mi alma. Había vivido para eso. Era mi casa”.
 Tanto quería a Argenseda –nos cuenta- que cuando unas empleadas hicieron juicio por sueldos atrasados salió como testigo por la parte empresarial: “La fábrica tuvo préstamos de bancos habidos y por haber pero hubo mala administración…  Pagaban atrasado y unas chicas hicieron juicio... Como a la injusticia no la tolero, estuve de parte de Argenseda. Con dolor del alma, 15 chicas perdieron el juicio porque metieron que Don Maluf (último dueño) tenía yates y cosas… Pero yo dije la vida privada de él es de él, y la fábrica es esto otro. Argenseda ganó el juicio con esas palabras. Dijeron tiene razón la señora. Yo no he jugado mal con las chicas… Me decían: ¿cómo pudiste hacer esto? Con la verdad. No aguanto que justifiques una cosa con la otra. ¿Lo privado qué  me importa?”.

Postales
Pepa fue a la escuela San Martín de Colonia Caroya, a la Ortiz de Ocampo de Jesús María, y al Huerto. “Veníamos desde el lote 15 en bicicleta toda la barra de chicas. Éramos medio pupilas; veníamos a la mañana y nos íbamos a la tarde. Como no disponíamos para pagar la escuela, ayudábamos en la cocina. A la mañana teníamos clases y a la tarde enseñaban a bordar. Se hacían muchas manualidades”, dice, y complacida trae un muestrario de bordado de primer grado. “Guardo todo; me gustan las cosas viejas. Me costó mucho tener todo; entonces se valora. Tenías que cuidarlo porque hacían sacrificio”.
Define a la vida en la Colonia de su niñez como “tranquila”. “Jugábamos a la piedra libre, al viejo (la mancha)… Conocías a todos. Nos íbamos 8 ó10 chicas en bicicleta a Ascochinga. Llevábamos un fonógrafo, comida y una damajuanita de vino. Como nos sobraba comida, cuando volvíamos parábamos al lado de Gendarmería. Había unos ceibos y como una lagunita, y volvíamos a comer”.

Pepa hoy
Se casó en 1964 con Roberto Gómez; sobrestante de la obra de Argenseda. “Rompí el hábito de que gringos y negros no se juntaban –ríe. Tenía pretendientes pero el negro me ganó el corazón. Nadie lo quería… pero mi mamá dijo que si yo era feliz…”, cuenta, y divertida rememora cuando les impidieron entrar a un baile en la Colonia.
Hoy Pepa tiene su huerta, cose, hace compras y trámites, conduce su auto,  aprendió pintura cerámica y mimbrería, y hasta hace poco participó en ferias de artesanos. ¿Su secreto para estar tan saludable? “Mi gran fe. Me acuesto y digo: Corazón de Jesús, ¿qué hicimos juntos hoy? Hago un recorrido de todo lo que hice, agradezco, y digo: Si creés que mañana veo el nuevo día, acompañáme. Ese es el secreto. Si me quedo quieta soy un peligro. Cuando alguien –sentencia- dice que no puede, no lo acepto. Es porque no pone voluntad”.
Bibliografía: “El camino de la seda en Colonia Caroya” de Elena Valle.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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