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¿Hasta qué punto “obedecerle” a la intuición?

Por: Adriana Felici (Periodista, directora sección En Familia)

Hemos escuchado hablar mucho de la intuición femenina; ese famoso sexto sentido que nos da respuestas inmediatas sin que pasen por el análisis racional. Sin embargo, ¿es cierto que esas respuestas instintivas son patrimonio exclusivo de las mujeres? ¿O será que los hombres también poseen esa cualidad, sólo que le hacen menos caso porque están formateados para pasar todo por el tamiz de la razón?
Someter al proceso de razonamiento cada una de las dudas que continuamente nos surgen implicaría demasiado tiempo y esfuerzo. Sin embargo, cuando aparece esa “chispita” –esa suerte de mensaje interno- que nos sugiere una respuesta a lo que estamos evaluando, por alguna razón muchas veces la ignoramos.
Le preguntamos a Jimena Guma, Lic. y Prof. en Psicología  (M.P. 7791) hasta qué punto resulta provechoso hacerle caso a la intuición. ¿Conviene prestar atención a nuestras corazonadas o mejor dejarlas de lado?
“Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos experimentado alguna intuición o sexto sentido, como popularmente se dice. La intuición –explica la psicóloga- es una sensación que nos impulsa a tomar una determinada decisión con respecto a algo que nos está sucediendo y que no hemos resuelto a través de un razonamiento previo –es decir analizando causas y consecuencias-  sino todo lo contrario: es una decisión que tomamos sin tener demasiado clara una explicación del porqué”.
La profesional puntualiza que si bien no se trata de una cuestión de género – o sea que no es algo “femenino” o “masculino”- algunas personas prefieren hacerle más caso a la intuición mientras que otros se inclinan por hacer un análisis más exhaustivo de la situación antes de tomar una decisión. “Quizás dependa de la experiencia que cada uno haya tenido en oportunidades anteriores ‘haciéndole caso a su intuición’; simplemente, porque lo real es que no siempre vamos a acertar en las decisiones que tomemos”, apunta y subraya: “Como siempre se dice, los extremos son malos: hacerle caso siempre a nuestra intuición o tomar invariablemente decisiones apelando a un análisis más racional no es lo más conveniente. Lo ideal sería lograr un equilibrio entre ambos; es decir combinar experiencia y emoción”.
¿Por qué?  “La intuición se trata de un proceso inconsciente. Es un mecanismo por el cual preseleccionamos la alternativa más conveniente entre todas las posibles, tornándose consciente sólo la decisión a tomar. Estas alternativas son el resultado de nuestras experiencias y de las emociones ligadas a esas experiencias que influyen directamente en la toma de decisiones”, señala la Lic. Jimena Guma, y prosigue: “El éxito de la intuición dependerá de las experiencias significativas que nos hayan impactado, y de que permanezcan en nuestro inconsciente; además de nuestra capacidad de introspección y del reconocimiento de dichas experiencias que cada uno pueda llegar a lograr. A mayor reconocimiento, mayor asertividad”, enfatiza y agrega: “La intuición  se puede desarrollar mejorando el autoconocimiento, y aumentando la capacidad de introspección y de discriminación. Esto permite mejorar la objetividad al momento de tener que tomar una decisión”.

Las primeras impresiones
¿Qué hacer con esa primera impresión que solemos tener cuando conocemos a una persona? ¿Conviene guiarse por esa sensación que nos provoca, o es mejor –antes de emitir juicio- esperar a conocerla  mejor? La Lic. Jimena Guma sostiene que en las situaciones en las que entran en juego las “primeras impresiones” se activan nuestras experiencias previas con ciertas cargas emocionales. “Son las que a nivel inconsciente interfieren en nuestra “primera impresión”; es decir, en cómo nos cae una persona que en realidad aún no conocemos”. 
Veamos: conocemos a alguien. Puede ocurrir que nos caiga muy bien, bien o mal. No obstante hay una tercera posibilidad: que para formarnos un juicio de esa persona esperemos a conocerla mejor. Existe una diversidad de teorías que pretenden explicar el rápido proceso que nos lleva a formamos una impresión de alguien. 
Puede ocurrir, por ejemplo, que por influencia de los medios de comunicación, por crianza o costumbre, asociemos belleza con bondad. ¿Acaso una niña que juega con una muñeca rubia, delgada y agraciada (una Barbie supongamos) puede pensar que esos rasgos corresponden a alguien odioso? Otras hipótesis consideran que evaluamos como más agradables las caras que nos resultan aunque sea vagamente familiares porque esto nos supone menos trabajo para procesar el aspecto de una persona. 
Hay muchos supuestos; quizá el más certero sea que cada uno evalúa a los demás de acuerdo a su sistema interno privado. Quizá esto ocurra porque las corazonadas o pálpitos tienen un origen muy profundo: nuestro inconsciente. 
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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