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Zulma Bergagna: recuerdos de una Jesús María de carros y arreos de vacas

Por: Adriana Felici (Periodista - directora sección En Familia)

Caminando su Jesús María natal, con sus sombreros de ala ancha, o una colchoneta de yoga bajo el brazo, Zulma Bergagna (86) nunca pasa inadvertida. Con 5 hijos, 13 nietos y 4 bisnietos, quien fuera maestra e instrumentista en la clínica de su marido, el Dr. Atilio Patiño, nos comparte recuerdos de su infancia y juventud.

La niña
“La calle de mi casa, sobre el boulevard Agüero, era de tierra, con plátanos al  medio. Jugábamos en la calle libremente. Casi no pasaban vehículos; salvo algún carro o sulky a poca velocidad. Pero era común que pasaran arreos de vacas; así que corríamos a cerrar todas las puertas porque se nos metían y ¡hacían desastres! Compartíamos los juegos con mis hermanos (eran siete), primas y amigos: desde fútbol hasta tirarnos por un tobogán que había en el molino de mi padre para bajar la mercadería”, rememora divertida, tal como nos contara su prima Ester De Chiara.  
Zulma hizo la primaria en la escuela provincial: “Niñas a la tarde; varones a la mañana. Íbamos caminando con mi prima Violeta Bergagna, mayor que yo. Una vez un viento muy fuerte nos revolcó en la calle de tierra, en la esquina del hospital, ríe. Las niñas usábamos un delantal rosa muy almidonado, con tablas y un moño atrás. ¡Cómo terminamos ese día!”

La joven
“Cuando entré al secundario viajaba a Córdoba con una prima en el coche motor para hacerme ortodoncia. Salimos del dentista y nos fuimos al cine Odeón que era toda una novedad. Pero se nos hizo tarde. Salimos corriendo a tomar el coche motor y cuando anduvo un trecho vimos que iba por un lugar no habitual. Le dijimos al guarda, hizo que parara y los pasajeros nos dieron plata para que volviéramos a Córdoba. ¡Nos pusieron en un tren de carga y fuimos sentadas en el último vagón!”.
Su primer trabajo fue en el Colegio del Huerto como maestra jardinera. Luego vinieron la escuela de Simbolar, la Mariano Moreno de Puesto Viejo, la Manuel Belgrano, y finalmente a la Laprida donde se jubiló.
  Nos habla de los bailes en el Club Social, el Plaza Hotel y el hotel de Don Cucato en Colonia Caroya: “Con mis primas trabajábamos en escuelas rurales. Las fiestas eran a beneficio de las cooperadoras. Algunos bailes eran en lugares con pisos de tierra. Generalmente la pista estaba armada con bolsas. Para ir nos prestaba el auto mi padre o mi tío y siempre nos acompañaba un adulto”.
Recuerdos de sus padres: “Íbamos mucho a cumpleaños, casamientos… Mi papá hacía grandes reuniones familiares en un galpón del molino. Y en algunas fechas tiraba fuegos artificiales”. Para el anecdotario: como la ruta a Córdoba era de tierra, cuando viajaban, lo primero que cargaban en el baúl del auto era una pala… “Si llovía había que desempantanar el vehículo”, ríe.
Reminiscencias del compromiso de Ester: “Golpearon a la puerta. Era el ejército. Nos ordenaron salir al patio y echarnos al suelo mientras emplazaban ametralladoras, Nos protegieron con colchones mientras cruzaban fuego con los aviones que pasaban… Ese día derribaron el avión que piloteaba el hermano de Bebi de Rossotti”, lamenta.
Su noviazgo con Atilio fue informal. Lo conoció en una kermesse del Huerto: “Venía de Córdoba. Tocaba la guitarra y cantaba. Y siguió viniendo. Hacíamos guitarreadas que terminaban con asado a la madrugada. Al día siguiente íbamos a Misa y almorzábamos con la familia; no como ahora que los chicos duermen y no contás con ellos para almorzar”.
Recuerda carnavales muy divertidos: con su grupo “desfilaban” por la plaza montados en una jardinera. “Armábamos cacerolazos, y una vez ganamos un premio de tanto bochinche que hicimos”.  
  Sobre el Boulevard Agüero al 400 (toda esa edificación fue de su padre) funcionaba el molino familiar “Santa Ana”. “A la vuelta estaba el aserradero de mi abuelo, y en la esquina los corrales de los caballos y los vehículos para llevar la mercadería a la estación y enviarla al norte”.
  Colabora hace 18 años con la Asociación Gerontólogica. “Mi fuerte es y seguirá siendo la venta de rifas o bonos contribución”, declara decidida a darle para adelante aunque a veces las piernas le jueguen malas pasadas. Y, como buena enamorada de Jesús María, forma parte de la Comisión de Patrimonio de la ciudad.
   Vio crecer a Jesús María. “Nos conocíamos todos. Mis hijos hacían unas travesuras tremendas y los vecinos te contaban todo”. Pero se adaptó; no sólo a estos cambios sino a los del mundo: Zulma usa whatsapp con soltura, tiene Facebook (¡con nombre ficticio!), y no pierde ocasión para organizar nutridas reuniones familiares y, copa de vino en mano, charlar hasta la madrugada. Uno de sus nietos la define como “su mejor amiga”. ¿Hace falta agregar más?
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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