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Casa Cargnelutti: más de medio siglo abasteciendo a chacinadores

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Por: Adriana Felici (Periodista - Directora sección En Familia)

Allá por 1962 Ángel, Alberto y Alicio Cargnelutti (quien luego fuera intendente de Sinsacate por 5 períodos consecutivos) fundaron cerca de Estación Caroya el comercio de ramos generales “Casa Cargnelutti”. Aunque aggiornado, el negocio sigue en pie -en Údine Sur 283- de mano de una nueva generación representada por Daniel (43), hijo de Ángel, quien se hizo cargo de sus destinos en 2006. Allí, a un muy buen surtido de artículos de bazar se suman productos de almacén, y -quizá lo más curioso para los no nativos de Colonia Caroya- es que a ellos acuden los vecinos en épocas de carneadas a comprar los implementos para elaborar sus chacinados. Ángel (80) dice: “El que viene acá sabe que encuentra todo”.

Recuerdos 
Volviendo al negocio original, cuenta: “Era el clásico ramos generales. Vendíamos de todo y teníamos el típico bar. Venía mucha gente de las sierras a abastecerse…”.  El traslado hacia el lote 15 fue motivado en gran parte por la experiencia de Ángel en la calle: “Repartí mercadería durante 32 años en toda la Colonia. Eran tiempos de escasa movilidad y familias grandes. Lo nuestro era casi un sistema de trueque: de cada casa salían con 10, 20 docenas de huevos, queso casero… nosotros comprábamos todo. Y pasaban a ser más amigos que clientes. Había poca información. Me preguntaban qué puedo hacer con esto, con aquello… con el clima, cosechas, producción; se hablaba de todo”.  
Ángel, nieto de inmigrantes, recuerda que hace 50 años en la Colonia había un 80% de friulanos. “En la calle usaba muy poco el castellano. Había vénetos y algún piamontés, pero nos entendíamos”, narra, y cuenta que en la escuela hablaba en castellano, pero con sus padres siempre en friulano. Y aporta una anécdota: “Mi señora es hija de friulanos. Una vez, en la escuela la aplazaron porque contestó en friulano. Nos hacíamos enredos; tanto que prácticamente llegó a prohibirse hablarlo”.

Embutidos
Cuando Daniel, que estudió periodismo y locución, e incluso tuvo algunas incursiones en radio, se hizo cargo del negocio no dudó en mantener los rubros de especias, hilos y aditamentos para hacer embutidos, preservando de esta manera una tradición familiar, ya que además ellos también hacen carneadas 2 ó 3 veces al año.
Para quien no conoce, además de alguna maquinaria (que ellos no venden), la base para hacer embutidos es la tripa. Daniel explica: “Se vende por madeja. Del intestino del animal una parte se usa para hacer salame, otra para chorizos quesos de cerdo, codeguines… Los saladeros fraccionan las diferentes partes en denominación de madeja. Esto determina la cantidad de kilos que rinde”. Acota que ahora están entrando al país tripas brasileras, y que también hay los llamados “colágenos” o tripas reconstituidas. Para hacer embutidos hace falta sal, pimienta, nuez moscada, vino blanco, ajo, hilos para atar, tripa y conservantes; entre ellos el nitrato de sodio o sal nitro. Es un agente preventivo de la enfermedad conocida como botulismo.
Pero, como bien saben los nativos de la Colonia, a la hora de hacer embutidos cada uno tiene su propia receta… Ángel sonríe cuando nos habla de los debates que se arman en el negocio: “Que yo pongo este ingrediente… que yo este otro… Que si lleva o no nuez moscada… Si a la bondiola hay que dejarla en salmuera unos días o hacerla en el momento… Cada uno tiene su técnica”.

Costumbres
“A los 10 años empezábamos a trabajar; no había otra forma. La escuela es buena con su teoría, pero la práctica vale mucho más”, dice Ángel y habla de ciertas usanzas: “La palabra era un documento. Para un préstamo de dinero se pactaba sin papeles, con la mujer como testigo. Y el pacto se cumplía. Los jóvenes dicen que no pueden creer como vivíamos. Lo entiendo: uno mismo no puede creer los cambios que se produjeron… desde el trabajo manual a todo automático. Pero si no hubiera surgido la tecnología no se abastecería a todos los habitantes del mundo. En esos tiempos arar una hectárea llevaba dos o tres días… Con ese ritmo no hubiera alcanzado para aprovisionar a todos. Pero por suerte las tradiciones se mantienen”, reflexiona.
¿Qué otras costumbres se van perdiendo? “Había más solidaridad. En mi casa paterna teníamos uno o dos vacunos, se ordeñaban, y como para hacer un queso hacen falta 10 litros de leche, cada semana se iba haciendo la ronda entre 20 familias”.
Casa Cargnelutti vende mayormente a chacinadores particulares que carnean un par de veces al año. Ahí Ángel participa como “ayudante” porque el trabajo se intensifica. De todos modos, aclara: “Tengo una plantación de vides continuando con la tradición de mi padre. Eso me distrae”.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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