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Roxana Toranzo : “Los chicos me devolvieron la sonrisa”

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Por: Adriana Felici (Periodista - Directora sección En Familia)

Desafío: plasmar la vida de Roxana Toranzo de Rodríguez (58, 3 hijos, 6 nietos), creadora de La Casa de Matías. “Todos” saben de su obra; y como toda hacedora, tiene admiradores y detractores.
En 1992, Roxana perdió a su hijito de 3 años. Mientras daba clases como maestra, Matías  se ahogó en una acequia. A casi 25 años, aunque se le quiebre la voz, Roxana no rehúye el tema: “Tenía pie plano; daba dos pasos y un golpe… Tardó mucho en llegar a la acequia; esa que nunca más trajo agua, ¿viste? -sonríe, mezclando amargura e ironía-. La niñera, pobre, no se dio cuenta. Al otro día del sepelio la abracé y le dije ‘no te tengo rencor’”.
¿Fatalidad o destino? “Destino; Dios tenía preparado este camino para mí. Sino me hubiera vuelto loca buscando los porqués. Aunque después de muchos meses decís: ¿por qué no a mí? Si le pasó a la Virgen María con su único hijo, ¿por qué no a mí?”.

Primer desayuno
Sola en su casa, mientras Luis trabajaba, y sus hijos Lucas y Marcos, estaban en la escuela (más tarde llegaría Juan Pablo), un 16 de agosto de 1994, en medio de la tristeza, nació el milagro: “Mirando por la ventana vi a cuatro chicos juntando leña. Hacía mucho frío… y ellos con una remerita. Eran cuatro hermanitos. Los invité a tomar un desayuno calentito. Me hizo tan bien esa compañía… hasta me hicieron reír… Y les pregunté ¿van a venir mañana? Al otro día eran 6, al otro 8… y cuando me di cuenta todas las mañanas tenía 32 chicos desayunando en mi cocina”.
Hoy, La Casa de Matías tiene 40 chicos -llegaron a superar los 70- que desayunan, almuerzan, meriendan y hacen los deberes. Algunos se quedan a dormir. Todo fue trabajo de hormiga: más se sumaban, más crecían las necesidades: la cocina resultó pequeña y la comida escasa: “Me hacía re bien que vinieran… pero mi sueldo se iba en leche, cacao, galletitas…”. Un día alguien le habló de la Fundación Arcor. Allá fue: “El gerente me dijo que me ayudarían, pero había que poner un nombre; no ayudaban a familias. Y me dieron una ayuda impresionante”. Tanta que agregó la merienda. Y no tardó en sumar el almuerzo: “Terminadas las clases una chica me dijo: ayer terminó el Paicor y no comí más. Entonces le dije a mi marido: hay que darles el almuerzo. ¿Con qué?, me preguntó… Salimos en bicicleta a las carnicerías, verdulerías, panaderías… y todos nos ayudaron”.

Más retos
“Al mes tuve claro que no quería darles un plato de comida y que volvieran a la calle… Pregunté: ¿quiénes van a la escuela? Levantaron la mano 10. Les pedí que trajeran sus mochilas y me horroricé de lo atrasados que iban.  Empezamos con apoyo escolar y todos pasaron de grado. Entonces les dije a los otros: hay que ir a la escuela. Quiere que lo ayude, tiene que ir a la escuela, les digo. Primero apostaba a que terminaran sexto grado; después dije tercer año; después sexto… Y ya tengo tres que hacen estudios terciarios”.
Para dedicarse a lo que le devolvió las ganas de vivir, Roxana renunció a su trabajo: “Ya no me imaginaba mi vida sin estos chicos”, explica, y subraya: Dios me los puso ahí ese día”.
En 2008, unos varones le pidieron quedarse a dormir. “Me encantó la idea, pero, ¡¿dónde?! Conseguí colchones. Levantábamos las mesas, poníamos los colchones; al día siguiente levantábamos los colchones, poníamos las mesas... así un año. Un día me preguntaron: ¿Cuál es su próximo sueño? Construir un dormitorio para las chicas y otro para los varones porque duermen en el piso. Sueño con niños felices y no lo estoy cumpliendo, agregué. En seguida el ingeniero Tato Scagliotti  me ofreció ayuda. Así nacieron los dormis; con su ayuda y la de gente que convocó”. Más colaboraciones permitieron hacer y luego ampliar el comedor, y sumar los dos pabellones (12 camas cada uno), sala de primeros auxilios, bicicletero cubierto y galería.
“Esto es el trabajo de una familia; sola no hubiera podido. Mi cara es la que pide… pero atrás hay una familia”, subraya. La primera Navidad  les dije a los chicos que vinieran el 25, y el 24 nos fuimos de mis suegros. No sé por qué, a las 12 y media le digo a Luis: lleváme a casa. Volvimos y nos encontramos con doce chicos sentaditos esperándome. No me fui nunca más una Navidad; la pasamos todos juntos, y son las mejores de mi vida”.
Roxana, la “cara” de La Casa de Matías; el hogar donde el dolor cedió paso al amor. ¿Y las críticas? Ella sólo dice: “El que critica es porque nunca vino”.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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