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Aurelia de Cargnelutti: “Con el único hombre que no me dejaban hablar era con el que después fue mi marido”

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Por: Adriana Felici (Periodista - Directora sección En Familia)

Aunque en septiembre pasado Aurelia Goi de Cargnelutti, nativa de Colonia Caroya, cumplió 100 años, sorprende desgranando recuerdos: “A los 7 años fui a cuidar una nena a Santa Teresa. Ahí hice primer grado. La escuela eran dos piezas rodeadas de yuyos. Las maestras tenían miedo de las víboras y nos hacían pasar ajo alrededor; decían que así las víboras no iban. Cuando llovía iban muchos alumnos, pero si hacía buen tiempo y tenían que trabajar en la chacra iban pocos”, suelta de un tirón. Además de leer, escribir y hacer las cuentas, las niñas aprendían a coser y bordar. Los varones: huerta.
Terminado segundo grado Aurelia partió a Córdoba a trabajar para una tía. No había heladeras, iba al mercado todos los días. Se levantaba a las 7. La mandaban con dos pesos y compraba lo que podía. Al frente de su tía estaba el colegio del Huerto. Un día la monja le preguntó por qué no iba al colegio siendo tan chica… Y ella le dijo porque tenía que trabajar… “Igual le escribí a mi mamá (todo era por carta, aclara), y me dijo: ya sabés leer y escribir; es suficiente”. Duro, pero su madre enviudó joven y mantuvo 10 hijos haciendo colchones. “Hubiera querido estudiar, pero había que trabajar. En la quinta o en casa de familia. Pero siempre he leído mucho. Me gustaban las novelas”.  
   
Noviazgo
A los 20 Aurelia volvió a sus pagos a trabajar en una casa del “13”. Conocía poco de la Colonia, y la primera recomendación familiar fue que no hablara con cierto hombre: “Con el único que no tenía que hablar era con el que después fue mi marido”, cuenta divertida. ¿Y por qué no tenía que hablar con él?, me asombro. “Porque era un picaflor; se vestía muy bien y todas las chinitas le andaban detrás”, explica.
El “picaflor” era Bernardino Antonio Cargnelutti, fundador de Premoldeados Bernardino Cargnelutti, empresa que aún existe. Estuvieron casados 47 años y tuvieron 4 hijos. ¿Y cómo se puso de novia si no la dejaban hablar con él? “Al principio ni lo miraba, y a él le daba bronca. Un día hacían un baile… y cuando me volví él se subió  conmigo al colectivo  y nos vinimos caminando hasta donde yo trabajaba”. Se casaron de 22 y 27 años. Y no se arrepintió: “Nunca me faltó nada”, asevera (después de casada no trabajó más), y agrega: “Una vez el médico me preguntó que por qué me había casado con ese hombre si teníamos formas de ser tan distintas. Porque lo quiero, le dije. Pero son dos signos opuestos, me dijo. Y yo le dije: pero lo quiero”.

Costumbres
La Colonia de su niñez era prácticamente monte: quintas, calles de tierra, plátanos sólo hasta La Caroyense, y poca agua. “A nosotros nunca nos faltó; mi padre había hecho un aljibe. Nos bañábamos los sábados con un fuentón en una piecita de baño, pero había gente que no se bañaba nunca porque tenía que regar la quinta”, sonríe, añadiendo que el baño propiamente dicho era, lisa y llanamente, los yuyos.
Ir al médico implicaba viajar a Jesús María en carro o jardinera… ¿Y cuando se enfermaban? “Había un curandero, pero mi padre no lo quería. A los cinco años tuve hepatitis y mi abuelo me daba queso y un vino especial que hacía… Me quemé una pierna con agua hirviendo, me pusieron aceite y estuve más de un mes con la herida... Y a mi hermanita que murió a los 3 años de una peritonitis le daban purgas de aceite porque le dolía la panza… Una vez, desgranando el maíz, jugando con mi primo me puse un grano en la nariz y con la humedad el grano se hinchó, ¡y me creció una planta en la nariz! Y como vitamina nos daban aceite de hígado de bacalao. Para tragarlo esperábamos que la gallina pusiera un huevo y lo tomábamos con la yema cruda”.
Las comidas: “Polenta y achicoria todas las noches… Para Navidad se hacía una horneada de bizcochuelo, y para fin de año galletas de novia; nos las daban con la leche. En casa se criaban animales y nunca nos faltó de comer…”.
Aurelia vive con su hija Eda. Tiene 10 nietos, 14 biznietos, una tataranieta, una hermana de 92 años y dos hermanos de 88 y 85. ¿Satisfecha con lo vivido? “Sí… lo único que me molesta es que me he venido tan vieja y ninguno de los que me ha hecho sufrir están vivos… Yo era muy flaquita y decían que era tuberculosa, y cuando algún muchacho hablaba con una, enseguida la familia se ponía en contra. ¡Y no queda ninguno vivo para decirles aquí estoy!”, concluye con picardía.  


Autor
Claudio Jose Minoldo

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