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¿Las ruinas del molino de Deza existen o son un mito?

Lo que hasta 2003 parecía una verdad incuestionable, dejó de tener asidero con la aparición de documentos que ponen en duda la existencia de ruinas.

¿Por qué hay tan pocos vestigios de la vida en nuestro país del tiempo en que se fundaron las principales ciudades de manos de colonizadores españoles? ¿Cuáles son las que sobreviven del tiempo entre 1570 y 1600?
La ermita de San Tiburcio y Valeriano, erigida en Córdoba en 1586 aparecía como la más antigua de todas. Hasta que en 1963 se logra que se declaren como Monumento Nacional las ruinas del molino harinero que perteneciera al encomendero español Pedro de Deza.
Deza o Deheza fue el primer colonizador a quien le cedieron tierras y le dieron para trabajar a unos cuantos nativos en lo que en el futuro sería la actual Jesús María. El español, según consta en documentos, construyó un molino harinero después de 1575 y antes de 1586. Eso convertía a las ruinas en las más antiguas de Córdoba.
Y durante años se sostuvo que dichas ruinas estaban enterradas debajo del ranchito que habitaba como legítima poseedora Ramona “Pipa” Crinejo, frente al Museo Jesuítico Nacional.
Ningún intento de sacarla de allí prosperó hasta que se firmó un convenio de cesión de los derechos posesorios entre la Municipalidad y la mujer a cambio de una renta vitalicia para ella y su compañero.
Pero cuando a la popular “Doña Pipa” se le preguntaba si ella sabía de las ruinas, ella seguraba que en toda su vida, transcurrida en ese predio y durante casi 100 años, no había visto cosa semejante.

Mito urbano vs documentos
En 2003, se descubrieron unos documentos en el archivo histórico del Colegio Nacional de Monserrat por parte de un equipo de investigación que presidía la doctora en Historia Josefina Piana, quien en ese entonces estaba a cargo del área de Patrimonio del gobierno de Córdoba. De hecho, esos datos fueron publicados en un trabajo sobre la Estancia de Caroya de ese tiempo.
Esos documentos, de los que existe una transcripción completa y fueron fotografiados por el equipo de Piana, tienen importancia por dos razones: en primer lugar, porque sitúan a la encomienda de Deza en otro lugar geográfico -río arriba y cerca de lo que hoy constituye barrio Los Nogales- y, en segundo término, porque mencionan que el mentado molino se incendió en 1598.
Utilizando una planchuela del Instituto Geográfico Militar de la década de 1940 y con los datos apuntados en el documento, los investigadores llegaron a la conclusión de que la encomienda entregada a Pedro de Deza (o de Deheza) no estaba en frente de la Estancia de Jesús María sino cerca de la Estancia de Caroya donde el ancho del río, la profundidad y la presencia de unas plantas acuáticas permitían el paso de las carretas hacia el Camino Real.
A diferencia de esta investigación concreta, al parecer no hay testimonios concretos de que frente al Museo alguien, alguna vez, haya visto las ruinas del molino del encomendero español.
Un dato curioso más: en la publicación de 2008 de la Comisión Nacional de Monumentos y Lugares Históricos, en lugar de una foto con los restos del molino de Deza aparece un espacio en blanco con la leyenda “imagen no disponible” y en la explicación hablan de tres molinos, aunque de los dos que se tienen noticias son de la época jesuítica y ya protegidos por la declaración como Patrimonio de la Humanidad por Unesco. ¿Jesuíticas?, sí; ¿Españolas?, parece ser un mito urbano que no logra dilucidarse.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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