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Entre juguetes y fusiles

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La conmemoración del 24 de marzo debe exceder, necesariamente, cualquier bandería política. Ejercitar la memoria para no repetir errores es la consigna.

Si hay algo saludable en una conmemoración del 24 de marzo es que participen jóvenes que no vivieron los duros años de la dictadura, o que eran niños cuando pasó, o que son hijos de la democracia hecha y derecha.
Porque la conmemoración no fue hecha solo para las víctimas del terrorismo de Estado o para sus familiares, ni tampoco sólo exclusivamente para los militantes.
Recordar las atrocidades de un gobierno que quiso disciplinar a sus habitantes mediante prácticas de terror es recordar que no queremos repetir eso nunca más, que jamás volveremos a caminar por la senda que nos llevaron a las botas y los cuarteles.
Recordar es sano, es sanador, es liberador y es la posibilidad, también, de que muchos familiares puedan hacer un duelo público ya que no tuvieron la posibilidad del duelo íntimo y privado.
Y recordar es también tener presentes a quienes soñaron con un mundo mejor, con un modelo de inclusión social diferente, con un modo de distribuir la riqueza más generoso.
Este editor transitó la dictadura entre sus cinco y doce años y se las pasó detrás de una pelota de fútbol, en bicicleta a todas partes, y recorriendo el barrio sin saber qué estaba pasando en ese mundo que gobernaban los grandes.
Pero esa inocencia “obligatoria” no exime a este editor de realizar un posterior ejercicio de memoria y condenar las prácticas que tienen que se condenadas.
No importa si uno era chico en ese entonces o si ni siquiera había nacido ya que el ejercicio de la memoria, de la verdad, y de la justicia no reconoce franjas etarias, clases sociales, credos religiosos, simpatías partidarias, colores ni banderas.
No es necesario haber sido una víctima o haber empuñado un fusil para señalar con claridad que hay prácticas que no deben repetirse. Y en ese ejercicio memorioso, tal vez, se halle la clave para la construcción de otro país, de uno que reconoce y corrige sus errores.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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Año Ocho.
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