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Día del Agua, oportunidad para pensar en el ‘territorio-cuenca’ que habitamos

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Eventos extremos, la mano del hombre y tensiones ciudadanas sobre el bien común que nos da vida.

Por Leonardo Rossi  (De nuestra redacción)

El 22 de marzo se celebró a nivel internacional el Día del Agua; una de esas fechas que Naciones Unidas asigna a diversos temas, en pos de promover actividades alusivas. Vale la excusa para retomar algunas cuestiones referidas al tema, tan sensible en la zona, y sobretodo el último tiempo. 
Las sequías, pero sobre todo las inundaciones de los últimos años generaron un movimiento en el campo político y ciudadano en torno a la gestión de este bien común. Sin embargo, día tras día se constata que el cuidado y regulación del elemento esencial que hace a la sobrevida humana no adquiere la potencia que debiera. Falta de articulación entre gobiernos locales y regionales, crecientes procesos de contaminación, nulos proyectos de recuperación de bosques como regulador natural, persistente urbanismo descontrolado son algunos de los factores (documentados en artículos de este medio) que exhiben la necesidad de otras prácticas urgentes. 

Contexto 
Las imágenes de la sequía de 2013, y de las crecidas de 2014 y 2015 vividas en la zona son puntos extremos que de golpe parecieran revelar la incidencia del agua en nuestra vida, amén de la negación de nuestra humanidad como parte de un ecosistema. Aunque a la hora de hacerse cargo de los costos ambientales de nuestras sociedades, no son pocos los que corren al otro extremo para decir que el hombre nada tiene que ver en todo esto. Sin irnos a Donald Trump y su negación del cambio climático, podemos retomar la tristemente célebre frase: “Fue un tsunami que cayó del cielo” (José Manuel de la Sota ante las inundaciones de 2015). 
Vasta bibliografía científica (ver aparte) apunta acerca de cómo los factores antrópicos intervienen en diversas escalas para alcanzar menores o mayores impactos ante estos escenarios: desde el desmonte a la planificación urbana hasta el creciente calentamiento global producto de la actual matriz económico-social. En ese sentido, vale contextualizar el escenario actual, donde el agua disponible en el país se utiliza mayoritariamente para riego (71 por ciento), luego para abastecimiento humano (13 por ciento), bebida de ganado (9 por ciento), y uso industrial (7 por ciento), según datos de la reconocida investigadora Elsa Bruzzone en su clásico ‘Las guerras del agua’ (2009). Esta especialista en geopolítica y estrategia justamente afirma que “hoy los recursos hídrico de superficie y subterráneos argentinos están siendo fuertemente amenazados por las prácticas agrícolas no conservacionistas, la deforestación, el uso de agroquímicos”, entre otros aspectos. Recientes estudios del Conicet (Marino 2016), por ejemplo, detectaron trazas de agroquímicos como endosulfán, clorpirifós y glifosato en la cuenca del Río Paraná. Nada hace pensar que en esta zona no puedan encontrarse resultados similares.   

Reestructurar la mirada 
Para abordar la región Jesús María, Colonia Caroya y Sinsacate vale recuperar la mirada del geógrafo Joaquín Deón (2014), quien en su tesis de grado referida al Chavacaste, habla de territorio-cuenca (espacio común a todos los que viven, construyen y producen de los recursos que les provee), y conceptualiza acerca de la Vertiente Oriental de las Sierras Chicas. Es decir, unos 1760 kilómetros cuadrados. Cambiar la mirada segmentada en base a forzados diseños institucionales respecto al agua es un paso necesario y fundamental. En ese sentido, las confrontaciones del año pasado en torno a la construcción de diques en la cuenca alta entre vecinos serranos y técnicos provinciales exhibió con nitidez los diseños compartimentados, sin consulta previa a las poblaciones implicadas, y de corto plazo que el Estado suele ofrecer ante temas cruciales como la gestión de cuencas para regular el volumen de agua en los cauces. 
En el mismo sentido ha sido intensa la participación de colectivos socio-ambientales de la región en el espacio público en torno al actual debate por el ordenamiento de bosques en la Provincia, entendiendo a éste como reservorio y regulador del agua para toda la región. Por el contrario, los actores políticos de la zona no han sido protagonistas en un tema central como el freno a los desmontes que ha afectado de forma considerable el territorio local. Como plantea Deón, en torno a casos de Sierras Chicas, “la voluntad política por el uso del suelo actual, la obra pública, el ordenamiento territorial, el freno a los grandes emprendimientos, su planificación a futuro y su localización, hablarán del agua que habrá mañana y su procedencia o lejanía para la obtención”.  

El camino del agua 
Como hemos repasado, la gestión del agua, no sólo implica regular posibles eventos como las inundaciones sino contemplar el abastecimiento para la vida humana en cantidad y calidad, y para generaciones futuras. En esta línea, Bruzzone llama a fijar medidas en torno al “manejo de cuencas y cosecha de aguas pluviales; recarga artificial de aguas subterráneas; esquemas integrales de ahorro de agua y déficit de irrigación; riego por aspersión y micro-irrigación; prevención de pérdidas por evaporación de yacimientos; toma de conciencia entre la gente sobre la escasez del agua”.  No hay posibilidad de éxito con medidas aisladas, es imprescindible articular los sistemas de información y planificación regional, nacional, provincial y local “con un enfoque participativo” no dejando de lado “el conocimiento tradicional”, es decir de las poblaciones locales, “tanto o más importante que el actual”. 
Dice al respecto Deón: “La gestión de cuenca debe ser técnica y social, ni por una ni por otra vía sola; sino la lucha política disgregará, como viene haciéndolo, la conservación del camino del agua”. “Pensar en términos de obras públicas solamente es negar que estamos ante un problema socialmente construido y un conflicto en agudización, que entre los diversos colectivos se debe abordar y solucionar”.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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Año Ocho.
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