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Cuando se nace para ayudar a los demás

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Sinsacate: Rosa Sarmiento, mucho más que voluntad

Por: Adriana Felici (Periodista, directora de la sección En Familia)

La historia de vida de Rosa Sarmiento quizá no sea tan especial, pero sí lo es su vocación innata por ayudar a quienes lo necesitan. Tenía sólo 11 años cuando -cursando la primaria como internada en una escuela religiosa de Córdoba- las “monjitas” (así las nombra) le pidieron que le llevara la comida a una mujer mayor -hipoacúsica- que se alojaba en la institución. “Me mandaron dos o tres veces a verla y terminaron poniéndome una camita en su cuarto para que la acompañara de noche”, nos cuenta con una sonrisa iluminada por el recuerdo. “Siempre traté de ayudar a los demás. Cuando veía una necesidad me parecía que esa necesidad tenía algo de solución, y que yo podía ser una parte de esa solución”, resume, y agrega: “Pienso que lo heredé de mis padres. Vivíamos en el campo y como mi papá había sido enfermero en el ejército y sabía poner inyecciones, le enseñó a mi mamá a colocarlas, y la gente se llegaba hasta mi casa. Me acuerdo que en el patio había una mesita, mi mamá hervía las jeringas y les ponía hasta en las venas, ¡por Dios!”, se sorprende hoy, y añade que sus padres también visitaban a los enfermos en sus casas y hasta en los campamentos de trabajadores rurales temporales.

“A veces sólo necesitan compañía”
Rosa tiene 66 años y 6 hijos. Originaria de Atahona, y con 13 años residiendo en Sinsacate, enviudó de su primer matrimonio con sólo 27 años y 4 hijos, y aunque por pudor no lo dice, se descuenta que su vida no fue fácil. Sin embargo siempre encontró un momento -muchos en realidad- para socorrer al necesitado. La lista es larga (y eso que seguramente se guarda gran parte para sí), pero lo cierto es que en Sinsacate se la conoce por su labor desinteresada que no discrimina necesidades: desde visitar semanalmente a los “viejitos” del geriátrico local (“Carlitos Ciprián -el anterior intendente- me dijo: Rosa llegáte a visitar a los viejitos…), hasta -con más voluntad que comodidades- haber albergado en su casa a un joven que transitaba un mal momento y a un adolescente durante su  secundario, pasando por acompañar enfermos, incluso terminales.
“Mis padres también acompañaban a los enfermos que estaban esperando la muerte… Es, como se decía antes, «ayudarles a bien morir» con la oración”, narra y apunta: “Como me gusta todo lo que se refiere a la salud… cuidar, sanar… voy a la Pastoral de la Salud de la Parroquia de Jesús María. Somos como ministros que visitamos a los enfermos que no pueden acercarse a la Iglesia. Al geriátrico voy con otra señora que les lleva la Sagrada Comunión”, puntualiza, y si bien queda claro que Rosa es católica practicante, aclara que lo que hace no se limita a rezar: “A veces la gente sólo necesita que le hagan compañía, que conversen con ellos, que los atiendan”, dice, y evoca: “Siempre aprendo algo. Acompañé a un señor que de más de 90 años, y de él aprendí mucho. Tenía Alzheimer pero conversábamos de las cosas que él recordaba; de sus tiempos… También visitaba a otro señor en un geriátrico, y era tal su soledad que aunque yo iba sólo por una hora, él siempre me esperaba… Yo era lo único que él tenía. Y cuando llegó Navidad lo llevé al campo con nosotros. Y -sonríe- llevamos una taba que le habían regalado y él jugaba con mi familia”.
No cabe duda de que gran parte de lo que hace Rosa se sustenta en una fe inquebrantable, pero hay otro sustento muy poderoso: su familia. Su marido e hijos no sólo la apoyan sino que colaboran en lo que haga falta, ya sea trasladando a alguien en la “chata” o, como ocurrió varias veces, compartiendo la intimidad del hogar con un extraño. “Ese chico de las sierras que estuvo en casa para hacer el secundario era como un hermano para mis hijos… … A veces, como cualquier adolescente, me hacía renegar, pero hoy quisiera tenerlo aquí para que ponga esa música que me hacía aturdir las orejas…” -ríe.

Premio municipal
¿Por qué lo hacés”, le pregunto. Rosa contesta: “Mirá, veo un chico con necesidad… entonces pienso: ¿Por qué ese chico no puede estar mejor si yo le doy una mano? Gracias a Dios aquí en Sinsacate hay poco de esas necesidades -aclara- pero en algunas oportunidades se dio… y entonces yo les daba un desayuno, o una merienda cuando salían de la escuela… en casa nunca les faltó un vaso de leche, pan y dulce”.

Su humildad y discreción la hacen reticente a dar más detalles. Quizá la mejor síntesis es que en 2012 Rosa recibió el premio municipal Chin Sacat Social por su labor altruista. Para terminar, vale aclarar que a los 57 terminó sus estudios secundarios y luego hizo el curso de acompañante terapéutico en el Hospital de Clínicas.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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