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“Que un adulto se meta al agua sin saber nadar y con miedo es como enseñarle a caminar a un hijo”

Hace bastantes años un conocido machacaba a quien quisiera escucharlo con una frase simple pero sabia: “Haga aquello que teme y la muerte del temor será segura”. Es una especie de máxima que se puede aplicar a casi todo, y el miedo al agua es una de esas situaciones en que mejor se evidencia que sólo se lo puede vencer… haciéndolo.  Esa es la experiencia que hoy les traemos de la mano de algunos alumnos de las clases de natación que se dan en el Polideportivo de Sinsacate. Aquí sus testimonios:

Víctor
“Le tenía terror al agua y venía de una mala experiencia. Una vez casi me ahogo, así que pensaba que nadar era imposible para mí, pero sin embargo aquí me tienen...”, nos dice Víctor Díaz (38). Hace tres veranos que a la siesta parte desde el 5000 de la Av. San Martín de Colonia Caroya rumbo al polideportivo de Sinsacate. Unos cuantos kilómetros con un único objetivo: primero fue aprender a nadar, y ahora practicar para mejorar cada vez más. “¿Y por qué, si tenías tanto miedo, se te ocurrió aprender a nadar?”, le preguntamos. “Porque quería superarlo”, dice Víctor, y cuenta que buena parte de sus logros se los debe a las “profes”, Carolina Ordóñez y Florencia Mori, quienes de a poquito e infundiéndole confianza en sí mismo, lo ayudaron a conquistar los secretos de brazadas y patadas. A propósito, Víctor señala: “Ni las patadas me salían al principio. Es por eso que quiero destacar el profesionalismo de las profesoras”.

Patricia
Va al poli casi desde que éste existe. “Como experiencia personal fue lo más bello que pude hacer. No sabía nadar, y cuando me iba de vacaciones me desesperaba pensar que a mis hijos les pudiera pasar algo en el río y que yo no pudiera ayudarlos”.  Así fue que Patricia del Valle Rodas (45) se acercó al agua… y con la ayuda de las profes se tiró a la pileta y fue aprendiendo los “misterios de mantenerse a flote”. Pato asegura que la natación la ayuda a desconectarse de todo, y que como tiene hernia de disco, también le favorece mucho la salud. “Además el grupo es muy homogéneo; nos sentimos muy cómodos”, subraya y se lamenta de que cuando llueve no puedan ir, aunque después les repongan las clases.

Susana
“Hago pileta todo el año; en invierno en el polideportivo de Jesús María, y en verano en Sinsacate. Yo también le tenía terror al  agua, pero hoy (hace unos 7 años que nada) estoy encantada de hacerlo. Me levanta mucho el ánimo y me olvido de los problemas, porque para nadar hay que concentrarse. Esto -define- es una especie de terapia”, señala Susana Llano (55),  coincidiendo en que el grupo es muy lindo. Agrega que también concurre a clases de gimnasia en el agua, y cuando le preguntamos si no le molesta que se le arruine el pelo con el cloro -problemas típicamente femeninos, sobre todo cuando hay tintura de por medio- dice convencida: “No me importa. Lo uso bien corto y listo”, y parte para una nueva zambullida.

Las profes
Testimonio de Florencia Mori: “Todas las edades son lindas para enseñar a nadar, pero que un adulto se meta al agua sin saber nadar y con miedo es… como enseñarle a caminar a un hijo”. Flor dice que todos los veranos se lleva satisfacciones increíbles: “La gente confía en nosotras. Yo sé que ellos lo pueden hacer -apunta enfática- y eso es muy importante, porque si uno no tiene confianza en los alumnos, ellos se dan cuenta. Adoro mi trabajo; vengo muy feliz a dar clases”, redondea.
Carolina Ordóñez, la otra profe, nos cuenta: “¿Qué siento dando clases de natación? Es difícil de explicar. Tenemos alumnos que no sabían nada de nada, y ver sus progresos día a día es un orgullo enorme; y ni que decir de temporada a temporada. El poder brindarles y transmitirles mis conocimientos y ver cómo disfrutan me llena el alma”. Caro, a quien ya conocimos en otra nota por sus clases de equitación para personas con discapacidades, evidencia también en su actividad como profesora de natación, una enorme vocación y placer por enseñar: “Ver que los alumnos nos eligen año a año, eso, para un profe es un orgullo porque significa que estamos haciendo las cosas bien. Amo lo que hago”, concluye. La ecuación es simple: alumnos que quieren aprender y profesores deseosos de enseñar. Así es como las cosas resultan bien.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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