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Colonia Caroya: A 40 años de dos tormentas de granizo que destrozaron las vides, aún hay esperanza

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Don Tabbia recuerda esos hechos, la caída productiva, y la persistencia por recuperarse.

A sus 73 años Amadeo Tabbia sigue firme en las tareas diarias de la vid. No le exhibe al paso de los años muestra alguna de querer dejar la actividad. Es como un mandato familiar que por absolutamente nada del mundo ha pensado jamás en dejar. Su hijo Sergio lo acompaña. Y de fondo, subyacen, tres generaciones anteriores que marcaron una profunda huella.
Tal vez ahí puedan hallarse explicaciones de por qué esta familia no dejó la actividad vitivinícola ni en los peores escenarios. Justamente hace cuarenta años dos granizadas reventaron las chacras caroyenses, y se llevaron consigo una cosecha que se esperaba batierra todos los récords. Fue el inicio de una caída sistemática de las hectáreas dedicadas a ese cultivo, con otros factores mediante. Pero sin dudas que ese fin de año de 1976 fue un parte-aguas para el sector. Los Tabbia fueron de los pocos que aún quedan en la actividad, tras haber padecido ese acontecimiento. “Desmoralizó a todos, pero no podíamos no volver a la vid, es la planta más maravillosa del mundo”, dice Amadeo, mientras su hijo asienta.

La cosecha que no fue 
Para la temporada que estaba en curso había grandes expectativas. La Bodega La Caroyense esperaba una cosecha histórica. Todo estaba listo. Era un momento de notable vigor de la actividad. Unas 1.500 hectáreas estaban cubiertas con vides. El rubro representaba a buena parte de la economía local.
El 26 de octubre comenzó la debacle. La granizada de esa jornada, recordada como la más violenta en la historia reciente de la ciudad, destrozó casas, mató animales, y por supuesto sepultó la esperanza de esa gran cosecha. El diario El Cooperativista recuperó entonces que el temporal afectó en un cien por cien a unos cuatrocientos productores. En total unas mil hectáreas de viñedos, cuatrocientas de frutales, y unas setecientas de papas y batatas.
Para rematarla, el 20 y 25 de diciembre otras tormentas arreciaron en la zona. “Si había algo que podía rebrotar lo terminó de liquidar”, recuerda Tabbia con sentida memoria.  “Fue algo desmoralizante, y ahí cada uno empezó a ver qué hacía”, dice en referencia al cambio en el tipo de producción que ese fin de año comenzó a abrir. “Muchos se fueron a la papa y la batata, pocos apostaron por volver a la vid, que es de largo plazo, que sólo te da una ficha por temporada.”

Siempre la esperanza 
Para don Tabbia “ese año marcó un antes y un después para que la producción de uva ya no volviera a ser lo que fue”. A eso agrega la irrupción de otros cultivos más rentables, granos y oleaginosas, y la falta de política que alentaran esta economía.
A partir de ese año, la superficie con vid entró en una caída libre hasta llegar a las 127 hectáreas actuales. Esta familia produce ocho hectáreas de ese total. “Tuvimos perseverancia, nos pudimos recuperar, y además siempre en mi familia se dijo ‘la vid nunca se va a dejar’”, comparte a modo de explicación sobre esa tesitura en apostar una y otra vez por este cultivo.
En este hombre queda una inquebrantable esperanza en que los años dorados de las vides regresen, acompañados de todo lo aprendido en las últimas décadas en materia de técnicas de manejo. “Hay jóvenes con entusiasmo, tienen que ser muchos más, y para eso hace falta que el Estado acompañe. Uno nunca pierde las esperanzas.”


Autor
Claudio Jose Minoldo

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