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Hijos del corazón: Adoptando le cambiás la vida a una persona

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Testimonio de la familia de Viviana Rojas (48) Juan Carlos Ferreyra (56), Juan Manuel (19), Lara (12) y Ludmila (10). Juan Manuel llegó a sus vidas cuando era bebé, y 9 años más tarde recibieron a Lara y Ludmila; hermanitas de sangre.

Por: Adriana Felici (Periodista)

“Decidimos adoptar tras ocho años de tratamiento. Nos preparamos: una psicóloga nos ayudó a entender este camino que queríamos recorrer pero que no es tan fácil. No es fácil -explica Viviana- porque no sólo tenés que llenar un montón de papeles, sino exponerte a las pericias psicológicas de los tribunales para ver si estás realmente convencido de tener un niño adoptivo. Lo primero que te hacen entender es que más allá de tu deseo de tener un hijo, ese niño necesita un hogar. Y tenés que prepararte, porque la vida cotidiana de un niño adoptivo es igual, pero la psicológica no. Tenés que ir contándole su historia a medida que crece, y no sabés si van a tener alguna enfermedad congénita. Nos planteaban qué pasaría si ese niño venía con un problemita; si estábamos dispuestos a buscar su origen, por ejemplo en caso de necesitar un trasplante. Nosotros estábamos dispuestos a todo eso”.

Un bien mutuo
“El camino de la adopción es maravilloso; lo más bello que me pasó en la vida, porque más allá de que formamos una familia con ellos, le cambiás la vida a una persona. Es un bien que nos hacemos mutuamente. Por eso siempre agradezco a las madres que los tienen 9 meses en el vientre y los pueden dar; si no fuera así las madres del corazón no podríamos tener hijos. A mis hijos siempre les decimos que tienen que agradecerles, porque no los pudieron criar pero les dieron la vida. Les digo -subraya- que esa mujer tuvo la valentía de tenerlos en el vientre y nosotros la felicidad de poderlos criar”.
Viviana acota que en este camino de padres están ella y su marido. “Esto es siempre de a dos,  sino no se puede, porque la esterilidad te destruye o te une”.

Hermanitas
“¿Por qué decidimos adoptar a las nenas? Queríamos otro hijo más
y Juan Manuel pedía hermanos. Nos anotamos para adoptar chicos de hasta 5 años. Elegimos niños mayorcitos porque para esos chicos no hay tanta gente anotada. A los cuatro años nos llamaron que estaban Lara y Ludmila, dos hermanitas de dos años y medio y un mes de vida respectivamente. Tuvimos un mes de adaptación, visitándolas para conocernos, fundamentalmente porque Lara era más grandecita. Jugábamos con Lara, bañaba y cambiaba a Ludmila…  y un día el juez nos llama y nos dice: Mañana les entregamos las nenas. Apenas lo vio a mi marido Lara le tiró los brazos. Fue “amor a primera vista”, asegura.
Creo mucho en Dios y pienso que estos niños eran para nosotros. Mirá vos… Ludmila tenía un apellido, y el de Lara era Ferreyra; igual que el nuestro, ¿podés creer en tanta coincidencia?”
Ahora todos son Ferreyra: Juan Manuel, Lara y Ludmila Ferreyra; tres seres, hoy hermanos, que tuvieron la fortuna de encontrar a Viviana y a Juan Carlos como padres. Le preguntamos a Viviana si se quedó con ganas de más y no duda: “Me quedé con ganas de adoptar un niño con alguna discapacidad. Por eso, cuando puedo, colaboro con algunos centros para personas con discapacidad”.

Cuando la cigüeña no viene directo de París 

Testimonio de Ana Garrido. Luz llegó a las vidas de Ana y Sebastián Hissa después de unos 10 años de matrimonio. ¿Cabe alguna duda de que Luz vino al mundo para iluminar sus vidas? 

“Cuando la cigüeña hace escala, trasbordo, y el bebé llega de otra panza, te llamas Mamá adoptiva. Y el camino suele ser largo y trabado, ¡pero la pucha, que vale la pena! Porque si bien te llamás, y te llaman, Mamá adoptiva, tu hijo, tu hija, te dice Mamá. Simplemente Mamá. Y sabés que cada vez, cada una de las veces que te lo dice, que te llama, te dibuja, te abraza o te busca, cada vez es un milagro. Y sabés que sos una bendecida de la vida, porque ese ser al que amas más a que nadie y al que no te unen lazos biológicos, te ama. 
Y también sabés que no "es tuyo" ni está garantizado. Cada día hay que agradecer, a Dios, a la vida, al universo, cada una a su creencia particular. Y especialmente, nunca olvidarse de agradecer a la Mamá que le dio la vida, y que, en definitiva, me dio mi vida.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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