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Carta a Tito

Para la Titina, en el día de la madre.

Por: María Teresa Farrando (Docente)

¿Albertito? ¿Robertito? Solazo o Zolaso o que suene de esa manera:
             Tito o familiar de Tito o alguien que lea esta carta y el nombre y apellido le suene… si después de casi sesenta largos años ves tu gracia y patronímico plasmado en este escrito… no es por mi culpa sino por la de mi mamá, la Titina, que un sábado a la tarde, tomando mate y con mi papá al lado, (que para ese momento padecía “falta de reconocimiento familiar”), largó, escupió, vomitó, lanzó más bien tu nombre de un sopetón… y nos dejó a todos sin palabras, anonadados, boquiabiertos, estupefactos y para que veas, mejor escuches, te transcribo sus palabras textuales: “Otra cosa hubiera sido mi vida si me hubiera casado con Tito Solazo y no con ‘ese infeliz’ (señalando a mi papá que no entendía ni jota que el referido ‘infeliz’ era él)”. Todos nos largamos a reír como locos escuchando a mi mamá hablar de Tito con una soltura y un desparpajo poco vistos en ella y a mi papá riéndose de no sabía qué, sólo de contagio porque en ningún momento se percató del arrepentimiento de su extensísimo y bienaventurado matrimonio ni menos de sus pasados “cachos”…
Bien Tito, o familiares, la cuestión es que estén donde estén quiero decirles que más allá de la sorpresa, shok o sobresalto, no sabemos hasta el día de hoy si esa revelación fue sólo producto de la imaginación que crearon en ella más de cincuenta años de Rivotriles o si fue real… filosóficamente hablando te diré que si lo de ellos hubiera prosperado, hoy yo no sería yo, ni nadie de mi entorno, pero eso sería filosofar demasiado y esta carta tiene otra finalidad… porque lo único que quiero decirte Tito o familiares es que si la conociste y por alguna razón la dejaste pasar… te perdiste la mejor mujer del mundo… la mejor madre… con “dos” celestes ojos y una mirada tranquila… lejana…
Era la mayor de tres hermanas y tenía una belleza que le venía desde adentro… y dos grandes virtudes: la paciencia y la bondad. Hasta hoy no conocí una persona tan calma y cualquiera que lea esta carta y la haya conocido dirá lo mismo. No recuerdo que nos haya gritado, ni retado, ni mucho menos, maltratado y su único “instrumento de tortura” fue “el peine”. Sí… el peine… me hacía una “colita de caballo” tan tirante que con los años me dejó rasgos asiáticos y además la aversión al objeto peinante y los peinados que me dura hasta el día de hoy.
Y cuando hablo de su bondad… imagínense alguien que no tiene nada y lo da todo. ¿Lo entienden? Yo entendí eso con ella. Recuerdo que con la llegada de la democracia recibió una magra “pensión graciable” que consiguió a través de un pariente radical y cuando la cobraba llevaba a sus nietos al quiosco de la Zunilda y les compraba los huevitos kinder con sorpresas y… claro… la sorpresa era que a los días los huevitos le habían menguado en gran proporción su graciable pensión… pero jamás se quejó… era feliz viendo en ellos su felicidad…
Parte de mi niñez y juventud crecí en una dictadura pero paradójicamente me enseñó a ser libre… No me cuestionaba actitudes ni me ponía obstáculos… estaba más bien siempre dispuesta a correrlos… Nunca pretendió que yo fuera lo que ella alguna vez había soñado para ella… ni tampoco lo que soñó para mí… Me dejó ser y eso en mi época no era poca cosa… Ni el colegio ni los deberes fueron un martirio para mí gracias a ella… mientras cocinaba no me tomaba lectura… sólo me escuchaba leer… Mi casa era “guardería”, “comedor taller”, “boliche bailable”, “plaza de estar”… en fin… un lugar de encuentro porque era ella la única madre a la que no le molestaban los chicos, ni los ruidos, ni el reiterado “tan tan” del picaporte, ni el hartante teléfono que estaba a media cuadra de la casa… Me aceptaba todos los animales de la calle que le llevaba y siempre sin chistar… y cuando en noches frías o de lluvia yo guardaba el tobogán de madera y lo tapaba para “que no sufriera frío” jamás me trató de loca…
Tenía una “filosofía maternal” distinta de las madres de mi época que conocí… pero sobre todo tenía un corazón y una cabeza abierta como nadie… Aprendí más de sus silencios que de sus palabras… de sus actitudes ante la vida… de su ejemplo… de su enfermedad… de su pasado…
Bueno Tito (o familiares)… podría seguir indefinidamente contándote anécdotas de ella, pero sólo va a suceder si las nuevas tecnologías algún día nos acercan… y poder así reconstruir la historia del Tito y la Titi… si es que existió…
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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