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La Granja de Doña Pipa, con ruinas jesuíticas, a manos del municipio

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Con el fallecimiento de Manuel Aníbal Roldán, el inmueble pasó a manos de Jesús María.

En abril de 2004, durante la gestión del exintendente Marcelino Gatica, se firmó un convenio con Ramona Cipriana Crinejo -conocida como Doña Pipa- por el cual la mujer recibiría una renta vitalicia de 230 dólares y, a su muerte, una renta vitalicia de 130 dólares para su compañero, Manuel Aníbal Roldán.
A cambio de eso, Crinejo otorgaba la posesión del inmueble que está ubicado frente al Museo Jesuítico Nacional a la Municipalidad de Jesús María.   En 2011, falleció Crinejo y, hace alrededor de un mes, se produjo el deceso de Roldán. Durante todo ese tiempo, un fideicomiso fue el encargado de velar por el cumplimiento del convenio.
Ahora, los derechos posesorios quedaron en manos del municipio. Si quiere perfeccionar ese título, el municipio debería hacer una usucapión administrativa en algún momento. Visto retrospectivamente fue un enorme acierto la firma del convenio ya que el municipio se quedó con un bien de invaluable valor histórico y monetario.

Discusión por las ruinas
Durante años, más precisamente entre 1963 y 2005, se creyó que en el inmueble estaban enterrados los vestigios de lo que habría sido en algún momento un molino harinero que perteneció al encomendero español Pedro de Deza, el primero al que se le otorgó una merced de tierra en estos pagos.
Después, documentos aparecidos en el Colegio Nacional de Monserrat ofrecieron datos de la locación exacta de aquel  molino y resultó que no podría haber estado nunca donde se lo ubicó durante más de 40 años, sino cerca de la escuela de Suboficiales de Gendarmería, en barrio Los Nogales.
Pero ¿qué hay en el terreno donde Doña Pipa tenía su pintoresca Granja?. La conclusión de los especialistas es que, casi con certeza, hay ruinas de obras realizadas durante la estancia de los jesuitas en nuestra zona. Es más, es probable que haya ruinas de otro molino, pero cuya construcción date de entre 1710 y 1730. En cualquier caso, estariamos hablando de ruinas de más de 300 años de antigüedad que aportarían más datos sobre cómo se organizó la producción en la Estancia Jesús María.
La responsable del área de Patrimonio municipal, arquitecta Agustina Patiño, confirmó a este semanario que ya comenzaron las gestiones con el gobierno de Córdoba para contar con los servicios de un arqueólogo que realice los cateos necesarios para determinar qué tipo de bienes jesuíticos podrían estar enterrados en el inmueble.
La exdirectora de Patrimonio Cultural, licenciada Josefina Piana, sugirió los oficios del arqueólogo Rodolfo Herrero, ya que fue él quien trabajó en los cateos hechos en la Estancia de Caroya y quien tiene experiencia en la obra de los jesuitas.

Chau camping, hola playa
Un enorme debate generó durante años el funcionamiento de un camping en el predio de Doña Pipa. A los defensores del patrimonio les parecía una aberración que los acampantes hiciesen una parrillada con chinculines y mollejas cerca de las supuestas ruinas de la orden de San Ignacio de Loyola. Incluso, les molestaba sin saber con exactitud qué tipo de ruinas había allí.
Ahora, el municipio se encuentra en una encrucijada: muchos de los acampantes intentarán volver al predio y detenerlos implicará una tarea monumental. Por tal motivo, vienen discutiendo la posibilidad de instalar allí una playa de estacionamiento -obviamente, fuera del lugar donde supuestamente hay ruinas- para desalentar a los campistas.
La medida, claramente temporal, se tomaría hasta tanto se pueda recabar mayor información sobre la valía histórica del predio.
Lo concreto, por ahora, es que la pintoresca granja de Doña Pipa desapareció, no quedó ni un solo animalito, ni un ganso, ni un pato, ni una oveja, ni el loro, ni el pecarí, ni ninguno de los perros que tuvieron allí su hogar durante la estancia de la Pipa y el Nile.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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2016. Año VIII.
Año Ocho.
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