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El ballet de Alejandra Vicari brilló con la Divina Comedia

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La puesta en escena de esta adaptación de la obra de Dante Alighieri fue impactante.

Si uno tiene que estar atento a la danza en sí, cuando se trata de una academia de danzas, puede notarse una diferencia entre los cuadros que encabezan bailarinas con muchos años de experiencia si se las compara con las que se iniciaron recientemente.
Sin embargo, en la Divina Comedia que puso en escena el ballet de Alejandra Vicari el fin de semana pasado esa diferencia pasó casi indavertida. Es que, visualmente, la obra fue muy fuerte.
El vestuario fue, como siempre, uno de los aciertos, pero también fue un acierto que la obra tenga una unidad de contenido, que cada bailarina pueda elegir qué personaje quiere contar, y que no se traten de cuadros inconexos unidos por músicas parecidas.
También fue un acierto, porque ayudó a romper cierta idea barroca sobre el ballet, la selección de la música que estuvo más cerca de generar headbanging entre el público que de complacerlo entre suaves violines. Ni hablar del momento en que el ballet daba lugar al ingreso al infierno y en donde se eligió la versión de Sweet dreams de Marilyn Manson, un caballero de lo oscuro. Hubo mucho heavy metal en la puesta, música acústica, y hasta algo de electrónica como para demostrar que había algo muy jugado en esta propuesta.
Si Alejandra Vicari había prometido que dejaba cuerpo y alma en esta obra, a la que definía como su desafío más personal, quienes presenciaron las tres funciones del fin de semana pasado se fueron exhaustos con la entrega.
Es que no se podía estar distraído ni un minuto porque el riesgo era perderse lo que estaba pasando. La obra de Dante Alighieri es densa, claro está, y el desafío era que no resulte perturbadora.
Después de todo, quién tiene ganas de adelantarse a maquinar si su tránsito al más allá será hacia el purgatorio, el paraíso, o a los 9 círculos del infierno. En esta versión de Alejandra Vicari, hasta el infierno resultó encantador.
De hecho los personajes de esa parte de la obra, que demandó una hora cuarenta de duración, fueron los que resultaron más vistosos. Cuernos más grandes y más pequeños, curvos, rostros que iban revelando si se estaba experimentando la lujuria, la avaricia y prodigalidad, la ira y pereza, la herejía, la violencia, el fraude, o la traición.
Los momentos más interesantes de esta enorme puesta en escena fueron acompañados por textos de Marita Freytes que apeló a la brevedad y contundencia y que fueron leídos por esa especie de maestro de ceremonias en que se viene transformando Dardo Leal desde hace muchos años.
Inclusive las imágenes que se proyectaron en el enorme telón/pantalla de fondo ayudaron a reforzar la contundencia de la obra, sin restar protagonismo a lo que pasaba sobre las tablas.
Después, fue todo un vaivén entre escenas clásicas, de tap, de baile contemporáneo, y de flamenco aunque, como señalamos al principio de esta crónica, sin perder cierta unidad de contenido.
El cuadro final fue, sencillamente, conmovedor. Cada una de las bailarinas, empezando por la directora. se van despojando de su “máscara” y se van apilando mientras acompaña de fondo un paisaje con un arbolito solo, casi bucólico, para terminar con un texto grabado por la propia Alejandra que desgrana los sentimientos que le generó haber llegado a los 20 años de trayectoria con su academia. Tres funciones resultaron pocas. ¡Que se repitan!


Autor
Claudio Jose Minoldo

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