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Don Picco y el maravilloso oficio de mantener vivo el tiempo

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Es uno de los pocos relojeros que quedan en la zona. Desde hace casi sesenta años que ejerce el oficio.

Dicen que es uno de los pocos en la zona que aún atesora esos conocimientos. Y él lo confirma. En medio de una luz tenue, rodeado de cientos de pequeñísimas piezas, el hombre exhibe su artesanal trabajo, que pareciera en extinción. Sin embargo, aclara: “Hay actividad para los relojeros para un buen rato”. El personaje es Aldo Isidoro Picco, 75, un exponente de ese oficio que sobrevive en tiempos de celulares que hacen las veces de reloj y jóvenes que optan por otras tareas, más alejadas de lo que tenga que ver con la mecánica.
Desde su local ubicado en el centro de Colonia Caroya, frente al colegio Presbítero José Bonoris, Picco no pasa un día sin sentarse frente a la mesa y hacer foco con precisión de cirujano para reparar máquinas que llegan sin cesar. Lleva casi 60 años en la actividad, que heredó de su padre. “Antes no había adónde estudiar esto, había que practicar y practicar, y así uno aprendía”, recuerda sobre esa adolescencia que lo marcaría para siempre.
Picco creció en la ciudad de San Francisco, donde a los 17 años ya realizaba sus primeros trabajos. Poco a poco se fue perfeccionando hasta convertirse en todo un especialista en la materia. Desde hace 35 años que trasladó sus saberes a la zona, cuando se radicó en Colonia Caroya, de donde eran sus ancestros. Ni bien arribó a la ciudad abrió un local a metros de donde se encuentra el actual, y ahí estuvo hasta hace pocos meses, cuando decidió mudarse. Hoy, para los vecinos decir ‘relojero’ es automáticamente pensar en ‘Don Picco’.

Tiempos modernos 
Los tiempos han cambiado. Es una obviedad. Sin haberse aggiornado, este artesano de la relojería hubiera quedado fuera de carrera hace rato. “Cuando empecé a trabajar ni existían los relojes a pilas. A mí no me convence, pero tuve que aprender a trabajar con eso”, dice el hombre, con un ojo en el cronista y otro en la máquina sobre la que trabaja. Tiene una frase ahí, latente, y no se la quiere guardar: “La verdad que a mí me gusta la relojería mecánica, a cuerda, pero bueno… hay que ir actualizándose”.
En estos días de celulares haciendo las veces de reloj, Aldo Picco asegura que “se sigue usando mucho el reloj, porque sigue siendo práctico para muchas personas”. “Otros usan el celular, es verdad, pero es una cuestión de gustos.”
Lejos de mermar, su actividad no cesa, y de hecho aclara que “ahora las máquinas se rompen más seguido”. “Antes, un reloj podía andar perfectamente toda una vida, y ahora son pocos los de buena calidad”, comparte.
Todo el trabajo de reparación lo realiza él. “Ya no hay muchos jóvenes interesados en aprender el oficio”, dice acerca de la ausencia de algún aprendiz que lo secunde.
Así es que cada día se hace presente en el taller para hacer lo que mejor sabe, lo que hizo durante toda su vida.
Claro, ya no pasa doce horas frente a la mesa como solía hacerlo, pero a sus 75 años no está menos de cinco horas por día abocado a su oficio, su pasión, su vida: reparar relojes para que el tiempo no se detenga.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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