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El valor del triunfo

La democracia es un valor que muchos declaman, pero del que reniegan cuando las circunstancias electorales resultan adversas. La regla del juego: asumir la derrota.

Un clásico de toda contienda electoral es buscar excusas para renegar del resultado o, mejor dicho, para justificar que el resultado le ha sido adverso a la facción política que alguien representa.
Que si hubo traslado masivo de electores, que si hubo entrega de dinero, que si hubo entrega de bolsones, que si se disfrazaron gastos municipales en claras maniobras clientelares, que si hubo promesa de fuentes de trabajo, y la lista puede ampliarse hasta el infinito.
Pero la regla del que participa en democracia es saber aceptar la regla del juego. Puede no gustarte que haya ganado en 2011 Cristina Fernández de Kirchner, pero fue electa con más del 54,11 por ciento de los votos. Puede no gustarte que en 2011 haya ganado José Manuel de la Sota con el 41,61 por ciento de los sufragios. Y puede no gustarte que recientemente hayan ganado Gabriel Frizza con el 41,23 por ciento y Rubén Ferreyra con el 71,2 por ciento, pero ese malestar no le resta legitimidad a cada una de esas elecciones.
Que hay clientelismo, es cierto. Que algunos electores venden su voto al mejor postor, también es cierto. Que es denigrante que haya gente que se deje comprar por unos pesos, unos materiales o unas mercaderías, es cierto y triste a la vez.
Pero eso no quita que hay masas que se mueven voluntariamente para una elección y que en el cuarto oscuro vota con intenciones diferentes al que es acarreado o “comprado” por la corrupción partidaria.
Sin ir más lejos, la capacidad de movilización de los partidos el pasado domingo en Jesús María fue de unas 6000 personas a lo largo de toda la jornada, pero hubo otras 11 mil que fueron por su cuenta, que nadie los tuvo que obligar y que dieron su veredicto.
En lugar de ver el defecto en el electorado, habrá que analizar con frialdad por qué las propuestas de cada partido no impactaron en la gente como se suponía que tenían que hacerlo. En definitiva, dejar de culpar a otros y asumir los errores.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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