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Montar caballos, mucho más que una recreación para niños y niñas con discapacidad

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A partir de un convenio, asistentes al COPADI pueden tomar clases de equinoterapia en Malabrigo.  

Por: Leonardo Rossi (De nuestra redacción)

Maricel y Flor no se quieren despegar del animal. Sonríen. Miran profundo. En un rato es el turno de Alejandro y Joaquín. El primero está ansioso. No aguanta un minuto más para comenzar con su monta. Joaquín más calmo, sereno, le acaricia el rostro a esa mansa yegua con la que comparte un interesante cruce de miradas. 
Estas niñas y niños forman parte de la escuela de equinoterapia que funciona una vez por semana para asistentes al Complejo para la Discapacidad (COPADI) de Jesús María. 
Este espacio se desarrolla en el predio de la Sociedad Rural, y ya tiene siete años de vida. Pero un reciente convenio abrió la posibilidad de incluir a quienes forman parte del COPADI, y no cuentan con obra social. Ya son siete chicos que se han animado a ir los miércoles a conectarse con esta práctica. El sitio al aire libre, el paisaje de fondo, el vínculo con los animales dan un valor agregado a las respectivas terapias que cada alumno cumple, explican desde la escuela.
Marina Vázquez es una de las docentes a cargo. Lo que comenzó como una charla entre amigas, junto a Carolina Ordoñez, se convirtió en una marca profunda para sus vidas. Ambas habían realizado cursos de equinoterapia, y se propusieron poner en práctica ese saber casi como un hobby. El gran interés de muchas familias, y la recomendación de médicos a sus pacientes, hizo que cada vez más horas y luego días quedaran dedicados a esta actividad. 

Cabalgar sonrisas 
“No abarcamos un tema médico”, aclara Marina antes que nada. La profesora deja claro que cada paciente tiene su tratamiento específico con profesionales, y el espacio de equinoterapia “funciona como recreación”. “Queremos trasmitirles nuestra pasión por los caballos”, comparte y lo demuestra en la clase, como si fuese el primer día. 
Aunque no apunta a un trabajo médico, lo realizado en la escuela sirve muchas veces de complemento para mejorar diversos cuadros de discapacidad. “Hay chicos con autismo, que de no subir, pasaron a montar solos, se sientan, toman el estribo, y se conectan de una forma total con el animal”, relata Marina, con profundo orgullo. Hay otros casos, en los que “vienen chicos que no hablan, se manifiestan muy poco, y al estar con el caballo les ves una gran sonrisa”, dice desbordada de satisfacción. 
El abanico de asistentes es variado. Siempre, claro, llegan con autorización médica. Por ejemplo trabajan distintos tipos de discapacidad intelectual, algunos problemas motrices, autismo o chicos con hiperactividad. “No hay una fórmula: ante cada caso evaluamos y hacemos un acompañamiento.” A veces, “hace falta trabajar el tema de los reflejos, otras que se calmen y conecten con el animal, y también lo físico, la postura”. 
Marina retoma la clase. Alejandro monta rápido. Joaquín lo acompaña a un costado, mientras acaricia el animal. La clase anterior no se animó a montar. Parece que hoy es el día. Se acomoda, toma las riendas, y sale a dar una vuelta. Sólo ver su rostro denota que bien valió la pena perder el miedo. Estar ahí arriba es mucho más que andar a caballo.    


Autor
Claudio Jose Minoldo

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