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Más alertas y menos alarmas

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Todo desastre tiene que dejar una enseñanza para no repetir errores. Cada tropiezo supone aprendizaje si somos capaces de escudriñar lo que ese escollo significa.

Hay imágenes que vuelven a nuestra cabeza y que tienen origen en la niñez. Hechos, fenómenos, situaciones que tuvieron la capacidad de dejarnos una huella para siempre.
Por más que haya razones antrópicas que contribuyen a magnificarlos, los desastres naturales dejan terribles huellas en cualquier persona y, especialmente, en los niños.
Este editor recuerda haberse estado bañando en el río Anizacate, mientras pasaba un fin de semana junto a sus padres y un matrimonio amigo de ellos, en La Paisanita, cerca de Alta Gracia. Durante la noche llovió copiosamente y, al día siguiente, bajar hasta el río para descubrirlo furioso, devorador, devastador a su paso. Tanto que se metía por una especie de barsucho que había en el lugar y el agua casi le tapaba las aberturas. Escenas parecidas las vivió este editor en crecidas sobre el río San Antonio, ya más grande, aunque con el mismo temor reverencial por el poder destructivo del agua.
Tras la creciente del 3 de marzo, el hijo de este editor, que había sido testigo de la caída de una vivienda sobre la ribera de barrio Las Vertientes, llegó a la noche profundamente conmovido y soltó un llanto desconsolado. Al preguntarle la madre sobre el motivo del llanto, explicó: “Es que yo nunca había visto caerse una casa y quiero saber si el agua puede llegar hasta donde estamos nosotros”.
Cuando el hijo de este editor llegue a la tercera edad, seguramente, recordará la tarde en la que vio al manso Guanusacate transformarse en un monstruo devorador.
Si algo desnudaron las inundaciones, además de que no estábamos preparados como ciudad para afrontar el desastre, es que no tuvimos alertas ni tampoco alarmas.
Alerta es que alguien te avise, con bastante tiempo de anticipación, que tenés que desalojar tu vivienda, poner a resguardo tus cosas de valor en lugares altos, sacar la documentación, y armar una muda de ropa como para estar afuera una estancia que puede ser prolongada. Alerta temprana se le llama porque ofrece un tiempo prudencial para resguardar los bienes y la propia vida.
Alarma, en cambio, es huir raudamente del lugar en el que se está porque el peligro de inundación es inminente. No hay tiempo para prepararse, ni para poner a salvo nada, si  lo que se quiere es salvar la vida.
Como este río baja de las montañas cada vez más furioso, resulta imperioso que se diagrame un sistema de alerta temprana y que se ajuste el sistema de alarma de modo que cada vecino sepa qué debe hacer en cada caso.
Para que, en el futuro, nadie tenga que despertar en la noche, con miedo, con el recuerdo de la furia del agua. Para que ningún niño tenga que cargar sobre su memoria con el rastro de un desastre natural que podría haberse morigerado con obras y acciones de prevención.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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