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Dar de lo que nos falta

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Compartir de lo que nos sobra es fácil, no implica demasiado sacrificio. Dar de lo que nos falta encierra una enorme humanidad, un ejemplo que debe replicarse.

A veces nos falta tiempo y, entonces, poder disponer de un poco de él para hacer algo que no está en la “agenda” tiene un enorme valor. Desde aquel que dispone un poco de su escaso tiempo para compartirlo en charlas en escuelas hasta aquel que lo ocupa para ayudar a otros que ayudan al prójimo.
Hay profesionales que ofrecen, al menos una vez por semana, una mañana de su tiempo para auxiliar gratuitamente a los que no pueden acceder a sus servicios. No piden aparecer en los diarios ni piden reportajes, No se consideran a sí mismos portadores de buenas noticias. Simplemente, tienen convicción en hacer lo que hacen porque son buena gente, gente noble.
Y también hay no profesionales, gente que tiene un oficio valioso, un saber específico que también lo pone a disposición de otros cuando se lo piden.
La buena gente abunda, pero es silenciosa. Es buena gente porque lo aprendió de sus antecesores, de algún profesor o maestro, o lo aprendió de la vida misma. Hace las cosas porque alguien tiene que hacerlas y no anda buscando retribución por hacerlo.
Es más, hay buena gente que no sabe que es buena gente porque no tuvo oportunidad de escuchárselo decir a otro.
Cuando los recursos materiales nos sobran, compartirlos es casi una obligación moral. Pero cuando los recursos materiales son escasos, compartirlos es sublime, enaltece el gesto hasta lugares insospechados.
Esta semana, sin ir más lejos, los 14 alumnos que concurren a la escuela Fray Mamerto Esquiú en el paraje Santa Teresa dieron una muestra cabal sobre esto último que acabamos de enunciar.
Allí, nada sobra, todo lo que llega es bienvenido, pero también existe en ellos la conciencia de que otras escuelas similares tienen menos que ellos y que eso los transforma en privilegiados. Y desde ese privilegio fue que decidieron dar de lo poco que tienen a otros que tienen menos.
Y lo hacen desde la reflexión concienzuda, la que pone al hombre en el centro de los debates que suele excluir el capitalismo.
Lucía, Alexis, Tiziana, Magalí, Rodolfo, Uriel, Brisa, Brenda, Melani, Maximiliano, Clarisa, Tobías, Mauricio, y Sara se comportaron esta semana como héroes anónimos.
No hablan de que van a “donar” de lo que les falta sino que van a “compartir”, un verbo bíblico que nos remite a las primeras comunidades en que todo era motivo de encuentro.
En estos tiempos, en los que pareciera imprescindible hallar gestos de profunda humanidad, lo encontramos en un puñado de pibes y pibas de una sencilla escuelita rural. Y en la generosa visión de una docente comprometida con la educación, con esa que enseña a aprender, y que trasmite valores y que permite actitudes enormes. Gracias, querida escuela, por semejante ejemplo.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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