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Generar buenas noticias en épocas de sobreinformación puede parecer una tarea fácil, pero en realidad es mucho más complejo de lo que se piensa.

La tecnología viene aportando innumerables formas de estar informado. Hoy, un teléfono inteligente es un medio para estar conectado con el mundo, con los medios de comunicación tradicionales, y con los medios de comunicación alternativos.
Un amigo puede ser una fuente de noticias cuando saca la foto de un accidente y acompaña un breve texto descriptivo, una filmación desde un lugar privilegiado puede denunciar un atropello público, un mensaje de voz puede alertar sobre un eventual conflicto sobre tal o cual ruta.
Y en medio de toda esa maraña de información “informal” está la que tienen que aportar los medios de comunicación tradicionales y los periodistas de esos medios. Cuando hay sobreinformación, es difícil discernir si lo que tiene que recibir como noticia un lector/oyente/televidente/internauta es lo mismo que ya recibe por otros medios o tiene que ser una noticia calificada.
Y, además de eso, tratar de encontrar temas que excedan la agenda cotidiana y tradicional, ir mechando esos temas con otros que pasan inadvertidos o sobre lo que la sociedad no se da en debate.
Muchos lectores/oyentes/televidentes/internautas claman por “buenas noticias” que supone encontrar gestos de profunda humanidad en ciertas actividades cotidianas de gente anónima o no tanto, en gestos de entrega y solidaridad incondicional, en hechos que suponen la superación en la vida de los obstáculos, en actitudes de arrojo y valentía ante la amenaza, en definitiva, noticias que resuman los valores que pueden estar en crisis en una comunidad, pero en los que uno quisiera reflejarse.
Lamentablemente, ocurre que los protagonistas de esos hechos “buenas noticias” no se consideran a sí mismos portadores de esos valores y uno llega a ellos por casualidad o por la inteligencia de algún allegado que lo propone como tema a resaltar.
Y lo que sucede con las personas portadoras de “buenas noticias” también suele ocurrir con las instituciones intermedias que protagonizan en silencio y bajo perfil un sinnúmero de acciones que deberían ser conocidas por la mayor cantidad de la gente.
Ahora, que la “buena noticia” no llegue tan fácil al periodista o al medio de comunicación no debiera ser motivo para renunciar a ella sino para reforzar el pedido a las audiencias para que ayuden a rescatar del olvido las acciones que merecen reconocimiento.
La buena noticia nos despabila de tanta pálida, nos enseña nuevos y novedosos mecanismos para sortear dificultades, nos ilustra sobre el tesón con que se realizan muchas actividades, nos trae esperanzas sobre la posibilidad de que algo cambie para bien en una comunidad determinada. Las buenas noticias sirven para darse ánimo mientras se camina.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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