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El sector vitivinícola caroyense atraviesa una crisis general

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Con la pérdida de “los nonos” desaparecen las últimas vides y en la zona urgen políticas locales.

Por: Leonardo Rossi (De nuestra redacción)

En un país con la extensión que presenta el nuestro el cambio en el uso de seis hectáreas parece algo ínfimo. Ese caso traslado a Colonia Caroya, y referido a la producción de vid, tiene un alto impacto. La desaparición de los viñedos parece ser el destino para la chacra que hasta hace poco habitó Romildo Nadaya (86), fallecido el 24 de junio pasado. Sin hijos que se hagan cargo del lugar y con una industria vitivinícola que no es apetecible en términos económicos, las uvas podrían dejar paso a tierra ociosa o a algún cultivo de moda con buen precio en el mercado. Según datos que recupera Ambiente en base a informes históricos, en la década del 70 existían 1500 hectáreas dedicadas a ese cultivo. En la actualidad sólo quedan 127. Y la tendencia es a la baja.
Griselda Nadaya es sobrina del último habitante de esta típica chacra caroyense. A sus 63 años busca de una forma u otra revivir esas seis hectáreas donde aún se mantienen en pie, como en pedido de auxilio, las hileras de viñas. La mujer abre las puertas de la casona abandonada, una reliquia que trasmite historia en cada rincón. Se acercan al lugar el titular del Área de Ambiente, Eduardo Angulo y el enólogo Santiago Lauret, de la bodega La Caroyense.
Los ojos claros de la mujer traslucen nostalgia de la infancia vivida allí, en la que fuera la casa de sus nonos, donde siempre hubo viñas, frutas, verduras. Griselda es heredera del terreno y la casa junto con otras cinco personas. Ella, que vive en la zona, y otro primo, son los principales interesados en que la producción se conserve. El resto, cuenta, “quieren vender, porque ahora todo el mundo quiere lotear”. “Si al menos me quedan dos hectáreas para mí, quiero que se mantenga esta producción”, dice casi como si cumpliera con un mandato ancestral. Sin embargo es consciente de la situación que atraviesa el sector: Hay que ver cómo se sostiene, porque la verdad es que la viña no da mucho”, dice con cierta mezcla de dolor  y preocupación.

Sin estímulo. “Hay varias propiedades más en las que, lamentablemente, fallecen los hombres, las viudas no las cultivan, los hijos tampoco y están abandonadas”, cuenta Santiago Lauret. Según sus cálculos, en la actualidad hay “entre diez y doce hectáreas” que podrían dejar de un momento a otro la producción vitivinícola. Tal como podría ocurrir con el caso Nadaya, las chacras “abandonadas, han terminado siendo urbanizadas o destinadas a plantaciones de alfalfa”.
El especialista explica que hay poco estímulo para al menos dudar en quedarse en la producción de uva o buscar otra alternativa. “Estamos dentro de una crisis nacional de la industria vitivinícola, hay caída en las exportaciones y el mercado interno no puede absorber eso, y los precios de la uva son pocos tentadores”, detalla.
En la misma sintonía y en base a bibliografía y trabajo de campo con el sector, desde el Área de Ambiente caroyense plantean una serie de factores que conspiran contra este sector: “La falta de rentabilidad que no incentiva a los jóvenes a quedarse en su propia chacra, la de su padre, que  prácticamente educa  a sus hijos para otras actividades, que no sean tan dependiente del clima (granizos); la ausencia de inversión tecnológica que impulse el riego automático, sistemas de poda y aplicación de fitosanitarios; y la marcada desaparición de las bodegas de la zona, como un canal como principal vía de industrialización de la producción”.

Una reflexión urgente.  Con el caso Nadaya como testigo, Lauret sostiene que sería “muy bueno hacer algo con el Municipio para recuperar” estas chacras, donde “no sería mucho el trabajo por hacer”. En el Ejecutivo ya trabajan en un borrador en ese sentido.
En estas líneas esbozadas desde Ambiente pueden observarse algunas claves de lo que se proyecta: “El país nos conoce por nuestros salames y tal vez podríamos incursionar en una agricultura con bajo impacto de agroquímicos en alimentos frescos o en el valor agregado de nuestra producción, fortaleciendo la comercialización a nivel regional de nuestros vinos y sus posible diversificación”. La articulación de Griselda Nadaya, el Municipio y un técnico de la bodega es una señal, sin embargo un cambio de fondo “implica la reflexión y el compromiso de la clase dirigente, técnica, productiva y de la sociedad en su conjunto”.
“Debe hacer más de cien años que se produce en este lugar. Los nonos ya estaban desde antes de que yo viniera de chica a pasar horas con la familia”, cuenta Griselda, una voz suave que sin embargo grita en defensa de una producción típica que tan sólo pide un poco de atención.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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