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20 años de trabajo solidario cumplió La Casa de Matías

La Casa de Matías comenzó hace 20 años en Jesús María como un comedor para niños y adolescentes en situación de pobreza y se fue convirtiendo con el correr del tiempo en un hogar con todas las letras. Quienes concurren allí son incentivados a estudiar y trabajar, a la par que reciben contención, afecto y valores, muchos valores.

La obra de bien es inobjetable: contener a niños, adolescentes y jóvenes en un ambiente familiar, sostenido por valores, impulsados desde la profunda vocación educadora, y ofreciendo cariño en dosis importantes. Seguramente, esta defición termina siendo austera para definir a la Casa de Matías, ese rincón de la Costanera que custodia un ángel, y que acaba de celebrar, merecidamente, sus 20 años de historia.
Roxana Rodríguez es “quien pone la cara”, como a ella le gusta decir, pero no hubiese sido posible una obra solidaria como ésta sin el inestimable esfuerzo de Luvi, su marido, y sin el sostén de Marcos, Lucas, y Juanchi, sus hijos.
Cuando comenzó todo, Roxana era una madre tratando de explicarse qué había pasado y por qué el pequeño Matías tuvo que irse tan temprano. Hoy, 20 años después, Roxana es una abuela (sus hijos operaron ese milagro) que sabe que Matías, en realidad, nunca se fue. Ha sido y seguirá siendo una presencia poderosa, que custodia, y que impulsó todo.
Y la Casa recibió todo tipo de reconocimientos a lo largo de estos 20 años. Fue premio Córdoba Solidaria del gobierno de Córdoba, premio Pío León del gobierno de Jesús María, candidata a cordobés del año por el diario La Voz del Interior, premio a la Labor Meritoria del Rotary Club de Córdoba. Roxana no se cansará de decir que no trabaja para los premios, pero no deja de reconocer que son como pequeñas caricias para el alma, la ocasión para autoafirmarse y asegurarse de que deben estar haciendo las cosas bien. Y también dirá que aprovecha cada minuto de aire y cada centímetro de diario o revista para que la obra subsista.

Nada mal, el balance
Este festejo encuentra a Roxana relajada, menos beligerante que antaño (aunque nunca renunciará a sus convicciones y no callará sobre ellas) y lúcida a la hora del balance.
“No hubo nada que nos haga bajar los brazos, más allá de alguna amargura. Por eso, el balance es positivo. Saber que por acá pasaron 350 chicos, que muy pocos equivocaron el camino, y que los que equivocaron volvieron sobre sus pasos. Trabajar con adolescentes que no es fácil, pero trabajar como  familia en una institución de puertas abiertas en la que te quedás si te gusta y sino te vas. Inculcándoles responsabilidades porque sino para qué los vamos a formar”, comenzó diciendo.
“El día de la fiesta -añadió- les dije que no les doy el pescado sino que les enseño a pescar. No mantengo vagos. Todos se ganan lo que se llevan. Si uno (por ejemplo) se lleva una zapatilla será porque se sacó una buena nota en el colegio o levantó alguna mala nota. Me siento una educadora por sobre todas las cosas. Les hablo, los formo y la gente se sorprende de que pueda manejar este enorme grupo de chicos”.
Roxana reconoció que la obra no hubiese sido posible sin el apoyo de la familia: “Si yo no tuviese un esposo tan compañero como el que tengo y unos hijos que colaboran muchísmo porque nadie se imagina que los chicos hacen el mantenimiento de esto que empezó con una piecita y que ahora incluye tres comedores, el alberge, los pabellones de los chicos, el consultorio, el patio, el parque. Esto es un trabajo de familia porque sino jamás hubiese podido llevar adelante esta obra”.
La Casa de Matías nació bajo la consigna de que no habría política -al menos de la partidaria- y la promesa se cumplió. Y la religión se coló después de mucho dialogar con los chicos y de entender que para algunos era importante tener una contención espiritual. 20 años de trayectoria fecunda acaba de celebrar este hogar y van por más.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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