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E-1966

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Por: Juan Manuel García Escalada (Docente - Piscólogo Social)

Junto a los alumnos del colegio D.F. Sarmiento de Jesús María, participo de una jornada de recreación-creativa en el Anfiteatro de Doma y Folclore. Aprovecho la ocasión para alejarme y en silencio subo a lo alto de la tribuna principal frente al escenario y sentado en la ubicación 1503 de pronto los recuerdos aparecen…. “Hacia el Este la ruta 9 o Panamericana, con una solitaria estación de servicio en la intersección con el bulevar Agüero; el cual contenía en su trayecto, a la fábrica de fideos Fraymar y el Colegio del Huerto;  al Norte, los límites del monte virgen, el puente del ferrocarril y la calle Cleto Peña; al Oeste, las pequeñas estribaciones de las sierras y el río, con su bucólico y querido viejo puente y su peregrinaje a la estancia jesuítica; al Sur, la avenida que es ruta hacia Ascochinga ( de acuerdo al origen indio “perro perdido”)” que nos llevaba en verano a las aventuras de los ríos prístinos.”
 En ese diagrama de cuadrícula de incipiente ciudad, (en 1966), estaban los límites apacibles de un Pueblo que ilustraba la calidad de vida que se fue perdiendo por su no proyección en planificación edilicia, y su terapéutica social y cultural, de confundir progreso con brutalidad económica”.
Organismos  para el desarrollo de Naciones Unidas hablan de una plaza cada cinco cuadras, Sólo quedan en Jesús María, dos museos Plazas que hablan de un pasado de historia congelada.
 Mi infancia está teñida de verdores y fulgores estacionales que durante el año se mostraban en sus facetas más disímiles pero profundamente atractivas para sus habitantes. El perfume de un pasado cálido y tierno  pero no idolatrado.
 Estoy, ahora, caminando desde la intersección de las calles D. Zípoli (antes Entre Ríos) y Tucumán. La farmacia de Rubén Zaya, (compañero de los sueños infanto-juveniles), reemplaza a la  despensa de Don Baronetti. Miro hacia el extremo norte y, sin autos en la ciudad, observo el frente de lo que es ahora el Festival de Doma y Folklore.  Sólo un monte virgen se elevaba allí antes de ser espacio para diversos encuentros, desde carreras de autos en inviernos, de nieve y frío, que te congelaban, y primaveras esplendorosas sin contaminaciones y con un agua que era la mejor del país por su calidad. Pavada de lugar en el que yo vivía.
 En esa pequeña geografía pueblerina de cantidades inmensas de miedos y prejuicios sociales y que el país tan bien espejaba en sueños de pertenencias al “American Dream”, (sueño que se había instalado luego de la Segunda Guerra Mundial) se vivía la creencia que la Ciencia y la Tecnología al servicio del hombre y de la mujer, serían los que brindarían la posibilidad del progreso y felicidad humana definitiva…  Con ello se arrasaba todo, hasta independencias nacionales.
Allí, y en ese contexto nacional de una música folclórica, ya con diversos aditamentos en su armonía, su concepción estilística y de lenguaje poético, (que intentaba romper con  cánones estereotipados de lo que era tradición coplera) mostraba a una generación nueva, y a un contexto socio-cultural en el cual comenzaba a subyacer un nuevo capitalismo más financiero y especulativo que productivo: El planeta comenzaría a transformarse en una Aldea global, lo que se denominaría, la globalización.
 Con la llegada de la juventud al mercado de consumo y la naciente corriente del rock mundial liderado por los Beatles, que rompían con estructuras rítmicas e instalaba un nuevo paradigma musical y juvenil,  representado por la hipimanía, nació el festival de Doma y Folklore.
Año 1966. El primer año, de los Cincuenta (50) que se cumplen del festival. Y  también, en ese año, con  historias que se olvidan o se quieren olvidar.
A los 12 años observaría, en la iniciática televisión de Córdoba (en el lluvioso blanco y negro de las pantallas) una de las tantas vergüenzas argentinas.  Un golpe dictatorial. El despojo a un hombre íntegro. Arturo Umberto Illia (Umberto, en este caso, es sin H) era el presidente, en ese entonces, del  país.
Un médico, nacido en Pergamino, pero que provenía  de su  Cruz del Eje querido (provincia de Córdoba);  y del partido radical. Había tenido el coraje de hacer lo que había prometido en campaña. Era de palabra.
Sabía que sin educación no hay salud, ni trabajo; porque el hombre se “inferioriza” y se embrutece a sí mismo, y no se valoriza.  Entonces lo lógico era, al menos, entre un ¡20 y 25%! en el presupuesto nacional para educación.
También le dijo, por entonces, a los poderosos del exterior que ellos eran más fuertes pero había sido elegido en votación nacional y él gobernaba el  país. Claro que nuestra población, (que ha sido siempre de “avanzada”, ¿viste?,  donde lo de afuera siempre es mejor que lo nuestro), observaba  con ojos desorbitados.
Los poderes económicos, y el mismo partido radical, lo relojeaban;  la “sorna” peronista lo miraba con desdén y la izquierda superada, como siempre, vapuleaba dialécticamente a ese partido “tan, tan, viste?”, que reflejaba y lo sigue haciendo, a las contradicciones en nuestra carencia para el debate esclarecedor que hace a los aspectos más importantes para construir una sociedad.
 La cuestión pasaba también por  los medios impresos de aquella época; por caso, la revista Confirmado. En tapa,  el General  A. Lanusse, que se preguntaba  “¿Hacia dónde vamos?”.
 En la misma revista, otra tapa encuestaba así “¿Volvería a votar a Illia?”
Y en la revista Panorama, en su portada mostraba el plano del país con una tortuga (parodia de supuesta vejez, lentitud e ineptitud). La historia nos depara sorpresas cuando realmente queremos verla.
Para los más jóvenes, ¿cómo terminó la historia?
Ese año, un General, J.C. Onganía, en representación de todo un poder económico y militar junto a una  clase social y cultural  snob y media, y no tan media, pero si ignorante, lo derrocaban.
La democracia es “peligrosa”, ayuda a tener igualdad de oportunidades.
En esa historia del año 1966, que se repetía, y se repetiría hasta 1983, comenzó el andar del festival.
Los tiempos nunca son los mismos aunque los escenarios lo parezcan.
Si se remiten a los “padres” fundadores del festival encontrarán una respuesta certera: La tradición se mantiene si cambia.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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