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Las comparaciones son odiosas

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Si en la vida son difíciles de sobrellevar cuánto más cuando se forma parte de una gestión pública y se está en evaluación permanente por los vecinos.

Recientemente, en una charla con un ex funcionario, surgió un apunte sobre una idea que este editor viene sosteniendo desde hace un tiempo: si hay que compararse con alguien, mejor hacerlo con quien hace las cosas mucho mejor que uno. De ese modo, se tiene una referencia hacia la que aspirar y, una vez llegado a ese estándar mejor, buscarse uno más alto y emprender el camino hacia allá.
Me imagino a un arquitecto pensando en hacer cosas maravillosas como las que hizo Antonio Gaudí, o Frank Lloyd Wright, o Le Corbusier, o Walter Gropius, o Shigeru Ban, o Norman Foster, por mencionar algunos referentes internacionales, antes que pensar en compararse con algún colega que no le presta atención a la plomada, al cuadro, ni a la calidad de los materiales con que construye.
Del mismo modo, me imagino países queriendo tener la transparencia de Finlandia o Dinamarca, o aspirando a los niveles de felicidad que experimentan en Escandinavia, Islandia, Noruega, Australia, y Suecia. Es más, anhelando tener las bajísimas tasas de mortalidad infantil que tienen Japón, Mónaco, Singapur, y Honk Kong. A quien no le encantaría tener un ministro de educación que fije sus estándares pensando en la educación que brindan Canadá, Israel, Estados Unidos, y Corea del Sur.
Y la lista podría engrosarse si seguimos buscando ítems sobre los cuales referenciarnos.
Esa búsqueda hacia lo que es mejor implica reconocer que el otro hizo esfuerzos, ensayo y error, se equivocó y corrigió, antes de llegar al estándar de calidad que ostenta en el presente.
Implica reconocer que es más lo que tenemos que aprender que lo que tenemos aprendido y que como decía el sabio Sócrates “Sólo sabemos que no sabemos nada”. Eso no quiere decir que uno no pueda tener una vara para medir el presente y siempre es alentador saber que uno no es el peor del grado ni que está entre los últimos.
Hablando de periodismo, a muchos no se les cae nada si señalan que todavía esperan escribir una crónica como las que escribió Gabo García Márquez, o los enormes reportajes sobre África que hizo Ryszard Kapuscinski.
Nos hemos mal acostumbrado a compararnos para abajo, a lamentarnos porque hacemos cosas en los niveles en que lo hacen países con mayores dificultades económicas que el nuestro. Y políticamente nos hemos emparentado con países cuyo respeto a la libertad de expresión y de conciencia están severamente cuestionados en todo el mundo.
Nos hemos olvidado de los Favaloros, de los Milsteins, de los Leloirs, de los Borges, de los Cortazares, de los Sabatos, de los Yupanquis, de los Boccas, de las Argerich, de las Merellos, de los cientos de miles de argentinos que le ponen el corazón cada día, que se siguen levantando, y que ven futuro donde otros ven oscuridades.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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