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Viviana Tauro, dueña de una historia conmovedora

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La docente jubilada se animó a abrir las puertas de su casa y las de su corazón para hacernos partícipes de una historia realmente notable.

Las neuronas utilizan un químico cerebral, llamado dopamina, que ayuda a controlar el movimiento muscular. Cuando se presenta la enfermedad de Parkinson, las neuronas que producen dopamina van muriendo lentamente. Sin la dopamina, las células que controlan el movimiento no pueden enviar mensajes a los músculos, lo cual hace que sea difícil controlarlos. Este daño empeora lentamente con el tiempo. Todavía no lograron desentrañar qué es lo que causa el desgaste de estas neuronas.
Viviana Tauro estaba muy lejos de imaginar que ese cuadro podría llegar a su vida y transformarla drásticamente. Era docente de nivel primario, había pasado por las escuelas Estrada y Gendarmería Nacional, y contaba con jóvenes 40 años, cuando le diagnosticaron la enfermedad. Tenía los años suficientes como para jubilarse y así lo hizo.
“Se me terminó la vida y ahora ¿qué hago conmigo?”, pensó la mujer que ya lleva 28 años conviviendo con la enfermedad. Ella, hija de doña Catalina Caligaro y de don Sixto Tauro (un hojalatero muy conocido en la ciudad), no estaba dispuesta a rendirse fácilmente, aunque sabía que iba a resultar pesado de sobrellevar.
Sin saberlo, parte de la salvación saldría de sus propias manos, ésas que de su madre habían aprendido todo lo que tenían que aprender para coser y bordar. Y lo viene haciendo desde entonces con total dedicación y pese a las lógicas complicaciones que le genera la enfermedad.

Nacer con aguja e hilo
Viviana acepta el convite de este semanario para contarnos su vida. Está nerviosa. Es lógico. Durante 28 años ha pasado muchísimas horas dentro de casa y no ha tenido ninguna razón para tener que enfrentarse a un periodista. Pero su vecindad con Patricia Yamati hace que nos enteremos de su destreza para el cosido, el tejido, y el bordado, entre otras cualidades artesanales, y queremos que se difundan sus empeños para torcerle el brazo a una compleja enfermedad.
Además, sus creaciones demuestran que tiene buen gusto y que cada una de ellas encierra una partecita de su alma. “Siento que nací con aguja e hilo en la mano”, dice para describir la relación que tiene con esos objetos. Y como su vocación docente no puede aplacarla también se anima a enseñar. “Pato” Yamati se encuentra entre las que recibieron generosa instrucción.
Pero a ella le gustaría ir un poco más allá y señala que le encantaría poder tener un taller con las máquinas básicas como para poder enseñar.
“Para mi vida, la costura significó todo porque mi vida es mi hogar. Son mis expresiones de vida. No me gusta que se hable de mí. Todo esto que he hecho lo hice para mí aunque me gustaría poder ayudar a alguien”, señala Viviana.
“Cuando se me declara el Parkinson -añade- empiezo a tener muchas dudas sobre lo que iba a hacer, pero estoy satisfecha con lo que logré hasta ahora. Mi sueño fue tener un tallercito pero no estuve en condiciones de comprarlo. Si alguien quisiera comprarlo, yo me pongo a disposición para enseñar”.
Lo que más llama la atención sobre Viviana es que tiene un extraordinario sentido del humor, tiene picardía, como cuando se le pregunta cómo se lleva con sus cuatro nietos y responde: “¡Bárbaro!... ¡porque no me llevan el apunte!”. Lo que dice no es cierto. De hecho, durante la entrevista se aparece el nieto más grande, de 22 años, y la saluda afectuosamente.
Y combina su sentido del humor con la profundidad de la reflexión con motivo de una enfermedad todavía tan enigmática: “Es muy difícil no poder hacer las cosas y tener que hacerlas para no morirse. Eso fue lo que a mí me pasó. Me motivé yo sola, primero por mis niños, por la escuela, y por mi familia que no era una familia sino un castillo de sueños que se me vino abajo. Estas hilachitas me ayudaron a sobrevivir. Si pudiera ayudar a alguien lo haría con todo gusto”.
La conversación deriva en la posibilidad de organizar una muestra con algunas de sus creaciones textiles y algunos de los adornos y muebles que han sido intervenidos por sus hábiles manos (tome nota el municipio sobre lo importante que sería ofrecer ese espacio). También sobre sus tardes de juegos en la casa de calle Tucumán al 600 con su prima Irma Grosso, junto a quien iban a divertirse al parque del club Social.
Y se presta para las fotos, previa sesión de maquillaje, y previa muestra del arsenal de remedios que le restan por tomar durante ese día. Y cada algunas frases vuelve a generar risas con sus ocurrencias.
“No me gusta la tristeza ni tampoco la gente muy apaciguada”, dice para explicar el porqué de tanto buen humor.
El mensaje es claro: no darse por vencido ni en las circunstancias más adversas, no abandonar las pasiones aunque cuesten el doble, y entender que algunos trances hay que atravesarlos solos, pero con valentía. Gracias, Viviana Tauro, por habernos abierto las puertas de tu vida, de tu alma, y por tu enorme valentía.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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